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domingo, septiembre 28, 2008

GALERAS

n todas las etapas de la historia fueron decoradas las naves ricamente para prestigio de los reyes cuyos estandartes arbolaban y realce de sus capitanes invictos.El decorado de las galeras españolas alcanzó grados de magnificencia, y la Real, donde se alojaba don Juan de Austria y que lucía en su cámara rico damasco carmesí y tallas doradas, fue trasladada a Sevilla antes de combatir al turco para su adorno y así presentarse haciendo honor al poderío de su Rey.






jueves, febrero 28, 2008

AMBIENTE DE CRUZADA

orprende hoy que aquella expedición fuese mandada por el propio Emperador y por lo más granado de la nobleza española, portuguesa e italiana y sorprendía entonces, también a las gentes de otra mentalidad distinta a los expedicionarios. Dicen que Jeredín Barbarroja quedó asombrado de que el propio Emperador, dueño de medio mundo, arrostrase los peligros de aquella empresa: la travesía marítima por aguas dominadas por los piratas berberiscos, los calores del verano del Norte de África y el choque con fuerzas más numerosas que las imperiales... No les parecía, sin embargo, una locura a los que participaban en la empresa, porque participaban "en la más grande empresa de la cristiandad”. Los cronistas resaltan el ambiente religioso que se respiraba: el Emperador manda decir misas, visita monasterios, confiesa y comulga varias veces, se encomienda a santos y a la Virgen... Cuentan que navegando hacia Africa se le preguntó a Carlos V quien actuaría como capitán general en las operaciones y el Emperador, señalando un crucifijo, respondió:“Éste, cuyo alférez soy yo".

viernes, febrero 22, 2008

LA ORDEN DE MALTA SE SALVA

as primeras Órdenes de Caballería surgieron en Tierra Santa para velar por las nuevas conquistas. La de San Juan de Jerusalén nació en torno a un hospital fundado en esta ciudad a mediados del siglo XI por mercaderes de Amalfi para ayudar a los peregrinos. El primer gran maestre de la orden, Raimundo del Puy, fue elegido en 1120. En 1118, varios caballeros de Champaña y Borgoña se habían establecido, con el objeto de hacer vida común, en una casa construida sobre el solar del Templo de Salomón (en la explanada de las Mezquitas de La Roca y de Al Aqsa); de aquí el nombre de Templarios. Esta orden fue reconocida por la Iglesia en 1128.
Las dos órdenes tienen el mismo fin —defender la Tierra Santa y respetar los votos religiosos de pobreza, obediencia y castidad— y un modelo organizativo semejante: una minoría de caballeros nobles y una mayoría de criados y sargentos de origen humilde. Todos combaten a caballo, pero los sargentos no poseen el equipo completo del auténtico caballero y por ello se sitúan en segunda fila en el orden de batalla.
Gracias a la generosidad de los donantes, las dos órdenes se convirtieron pronto en dos de los mayores terratenientes del mundo cristiano. Una riqueza que resultará nefasta cuando, tras la caída del Reino de Jerusalén, la orden templaria tenga que replegarse a Occidente. A partir de entonces, tanto sus privilegios y sus riquezas como el comportamiento de estos monjes-soldados, privados de causas que defender y acostumbrados a una vida libertina, serán muy mal vistos por la población. El final del Temple fue igualmente fruto de su propia degeneración y el rey de Francia Felipe el Hermoso sabía que pisaba terreno sólido cuando en 1307 atacó a la orden para apoderarse de sus bienes.
Los Hospitalarios resistieron mejor a la pérdida del Oriente latino. Se replegaron en primer lugar a Chipre a continuación, a Rodas, que transformaron en base de sus operaciones militares en toda la cuenca del Mediterráneo.

martes, febrero 19, 2008

EL FINAL DE LOS REINOS LATINOS

o resulta posible hoy día defender la idea de que el lslam constituyera una amenaza para Bizancio o que los musulmanes hostigasen a las comunidades cristianas de Oriente Próximo cuando en 1095 el papa Urbano II lanzó su llamamiento por la liberación de los Santos Lugares. A cambio de determinados tributos, los cristianos, igual que los judíos, disfrutaban de una amplia libertad de cultos en las regiones dominadas por el Islam. Y sin embargo, en el curso del siglo Xl, Occidente había retomado la iniciativa frente a un mundo musulmán angustiado por cismas y desgarrado por guerras civiles. En los brotes occidentales del Islam, Sicilia y España, la dominación musulmana sufría duros embates por parte de los conquistadores cristianos, mientras que en Asia Menor, el impulso expansionista de los turcos seleúcidas se había agotado por sí mismo tras la gran victoria de Manzikert, lograda sobre los bizantinos en 1071. Así pues, fue un Oriente dividido, pero también asombrado y sin preparación el que asistió en el verano de 1096 a la invasión de la marea cruzada. De modo que, de camino a Jerusalén, los caballeros francos sufrieron más por el calor, el hambre y el cansancio del viaje que por la resistencia militar opuesta por los emires turcos o árabes.
Pero todo cambia en la primera mitad del siglo XII. El primero en retomar la ofensiva es el gobernador turco de Mosul, Zangi, que en 1144 conquista Edesa, capital de uno de los cuatro principados latinos fundados por los cruzados. Retomada por los cristianos, la ciudad caerá definitivamente en manos turcas en 1146. Sus dos sucesores, Nur al-Din y Salah alDin (Saladíno), tendrán objetivos mucho más ambiciosos: reunir toda Siria bajo un poder unificado, poner fin al régimen chiíta, es decir hereje, del Egipto fatimita y recuperar Jerusalén. Saladino alcanzará esta última meta en 1187, después de aniquilar a las tropas francas en la batalla de Hattina, cerca de Tiberíades. Menos belicosos, sus descendientes, los Ayubíes, aceptaron convivir con los restos de los Estados latinos reforzados, ciertamente, por tropas de refresco llegadas de Occidente con ocasión de la Tercera y sucesivas cruzadas.
Corresponderá al fundador de una nueva dinastía, el sultán mameluco Baibars, lanzar a partir de 1265 la ofensiva final contra los señoríos latinos de Oriente hasta que, con la caída de Acre en 1291, desaparezca el último rastro de presencia franca en Tierra Santa.

miércoles, febrero 13, 2008

UN TRONO PARA LAS MUJERES

e las conquistas territoriales de la Primera Cruzada nació una serie de principados de vida más o menos larga. El más efímero fue el Condado de Edesa, que se extendía más allá del Éufrates y cuya capital cayó definitivamente en manos del gobernador turco de Mosul en 1146.Situados a lo largo de la costa septentrional del golfo del Líbano, el Principado de Antioquía y el Condado de Trípoli perdieron parte de sus territorios en las campañas militares de Saladino, pero ambas capitales resistieron los asaltos de los mamelucos hasta 1268, la primera y hasta 1289, la segunda. Un destino semejante aguardaba al Reino de Jerusalén—en su período de mayor esplendor se extendía de Beirut al golfo de Aqaba y del Mediterráneo a la Transjordania— que tras las campañas de Saladino quedó reducido a poco más que la ciudad de Tiro, a la que se añadieron, con la Tercera Cruzada (1190-1192), Acre y algunas plazas fuertes.
Sin embargo, la caída de Acre tampoco significó el final de la presencia franca en Oriente: el Reino de Chipre, en manos de la familia de los Lusignan desde finales del siglo XI conservó su independencia casi hasta finales del siglo XV, cuando Caterina Cornero, esposa del útimo Lusignan, fue obligada a ceder la isla a la República de Venecia. Y en las postrimerías de la Edad Media, los soberanos angevinos de Nápoles reclamaron el prestigioso título de rey de Jerusalén y no renunciaron a él ni siquiera después de perder la italia meridional. Renato de Anjou, por ejemplo, siendo duque de Lorena y conde de Provenza, lo llevó hasta su muerte en 1480.
Con la salvedad de Chipre, los principados latinos de Oriente fueron creados por iniciativa de los principales jefes de la Primera Cruzada, que intentaban transmitir títulos y posesiones a sus descendientes. Al morir sin descendencia Godofredo de Bouillon, los barones concedieron la corona a su hermano, Balduino de Bolonia, al cual sucedió, en 1118, ya sin intervención de los barones, su primo Balduino II del Borgo. A falta de descendientes directos, la herencia pasaba sin problemas a las ramas colaterales o incluso a las mujeres, cuyos maridos llevaban el título antes de transmitirlo a sus hijos.
Tras la muerte de Balduino II, por ejemplo, su hija Melisenda asumió el título conjuntamente con su marido Folco de Anjou. De nuevo, en 1185, al morir su sobrino Balduino IV el rey leproso, la corona pasó a su hija mayor Sibila (1186-1192) y, posteriormente, a la segunda, Isabel (1195- 1205), ambas casadas con barones franceses. Las siguientes cruzadas, y en particular la Segunda y la Tercera, dieron lugar a muchos matrimonios, lo cual permitió reabastecer las filas de una nobleza seriamente mermada por la defensa de sus territorios.

domingo, febrero 10, 2008

FORTALEZAS.ARMAS Y ESTRATAGEMAS

as tropas de la Primera Cruzada no tuvieron que sostener duros combates para conquistar la Tierra Santa. Pero a continuación, debido a la fundación de los principados latinos y a la recuperación de la iniciativa por parte de los musulmanes, los cruzados se encontraron enfrentados a una situación inédita: se veían obligados a defender territorios poco seguros contra unos enemigos dotados de efectivos muy superiores. Sin renunciar a su armamento tradicional, los caballeros francos adaptaron su manera de combatir a las nuevas circunstancias.
En las batallas campales, siempre disfrutaban de una clara superioridad, gracias a sus armaduras pesadas, a la potencia de sus caballos y a la impecable cohesión de sus maniobras. Cuando una masa de caballeros recubiertos de hierro cargaba al galope, no existía formación en el mundo que pudiera frenar su extraordinario poder de percusión.
En cambio, los dos puntos fuertes de los ejércitos musulmanes eran su movilidad y la utilización de armas arrojadizas, además de una nueva técnica de combate, aprendida de los turcos y basada en el empleo de veloces arqueros a caballo. Los cruzados opusieron a los inasibles tiradores seleúcidas contingentes de arqueros y ballesteros a pie, a cuya sombra permanecían los caballeros hasta el momento de iniciar la carga. Pero no siempre resultaba. En Hattina, por ejemplo, Saladino ordenó a sus tropas una maniobra que inutilizó la pesada carga de los caballeros de Raimundo de Trípoli: un segundo antes del impacto con la caballería franca, las filas musulmanas se abrieron de golpe para dejar pasar la oleada de los caballeros que, de este modo, se vieron obligados a encajonarse en una estrecha garganta que llevaba al pueblo de Hattina y de allí al lago Tiberíades. Por lo menos ellos se salvaron, pero el contingente de Guido de Lusignan fue por completo aniquilado o capturado por Saladino
La construcción de fortificaciones por todo el territorio permitió a los cruzados ofrecer una oposición eficaz a los musulmanes una vez dentro de estas imponentes fortalezas, bastaba con que esperasen la desmovilización de las tropas enemigas, incapaces de permanecer más allá de algunas semanas en el campo de operaciones. Los príncipes y los barones también se valieron de la poderosa ayuda de las órdenes religioso-militares, constructoras y centinelas de una precisa red de fortalezas en las regiones interiores de la dominación franca, mientras los barones se ocupaban en general de controlar directamente las ciudades costeras.

sábado, febrero 09, 2008

JERUSALÉN, 1009

os cruzados creyeron que alcanzar Jerusalén sería empresa rápida y sencilla, sobre todo tras la victoria de Nicea —primer enfrentamiento con los musulmanes, en junio de 1097—. Tras la entrada en Nicea, el conde de Blois escribía a su esposa lleno de optimismo, asegurándole que si no surgían contratiempos en Antioquía, el ejército cruzado entraría en Jerusalén en cinco semanas. El plazo se multiplicó por veinte y el poderoso ejército cruzado vencedor en Nicea llegó exhausto a Jerusalén al borde del verano de 1099... Quizás eran 1.200 caballeros y 12.000 infantes, sin máquinas de guerra. Su victorioso asedio sólo se explica por la división de los musulmanes, incapaces de oponer un frente común a los cruzados; también, por la perseverancia de estos, por su superior técnica militar en las batallas campales y por el auxilio prestado por las flotas inglesa y genovesa, que —además de proporcionarles alimentos, en medio de la general hambruna— les proveyeron de máquinas de asedio muy superiores a cuanto se había visto en Palestina hasta entonces.
Así, el viernes 15 de julio de 1099, los jefes cristianos ordenaron el asalto general y rebasaron las murallas de la ciudad. El asalto doblegó la resistencia de los guerreros fatimíes y los cruzados entraron en Jerusalén dispuestos a vengarse de cuantas privaciones habían pasado en los dos años y medio anteriores. La guarnición fue pasada a cuchillo y dice la leyenda que por las calles de la ciudad corrían arroyos de sangre.
Tancredo de Hauteville, Raimundo de Tolosa, Roberto de Normandía, Godofredo de Bouillon... todos habían combatido con denuedo, pero entre ellos había sobresalido por su entusiasmo y talento el duque de Baja Lorena, Godofredo de Bouillon, al que sus compañeros de cruzada nombraron rey de Jerusalén, pero él prefirió el título de barón y defensor del Santo Sepulcro, pues ‘no quería ceñir corona de oro donde Jesucristo la llevó de espinas”.