
Estas características no se olvida del todo ni siquiera cuando en muchas ciudades europeas se desarrollaron los modernos hospitales como lugares de curación. En cualquier caso, interesa aquí recordar los hospitales que se disponían a lo largo del Camino y que mantenían sistemáticamente una marcada connotación viaria, fueran pequeños, incluso minúsculos, y dispusieran de uno o pocos lechos más, o grandes y capaces como el celebérrimo de Roncesvalles.
Las comodidades materiales que se ofrecían a los peregrinos eran un techo, un jergón para dormir, un hogar para entrar en calor y lo que hubiera para comer. Completaban esta oferta la práctica simbólicamente cristiana del lavado y curado de piés, participar en las oraciones dentro del hospital o en la capilla aneja y la certidumbre de disponer del imprescindible consuelo religioso en caso de hallarse en trance de muerte.