domingo, septiembre 17, 2006

Informe del combate del almirante don Pascual Cervera al Gobernador de Cuba

Excmo. e Iltmo SR.:
n cumplimiento de las órdenes de V.E.I., con la evidencia de lo que había de suceder y tantas veces había anunciado, salí de Santiago de Cuba con toda la Escuadra que fue de mi mando, en la mañana del día 3 del corriente mes de julio.
Las instrucciones dadas para la salida eran las siguientes: El «Infanta María Teresa », buque de mi insignia, había de salir el primero, siguiendo sucesivamente el «Vizcaya », «Colón », «Oquendo» y destructores. Todos los barcos tenían todas sus calderas encendidas y con presión.
Al salir el «Teresa» empezaría el combate con el enemigo que estuvieran más a propósito, y los que le seguían procurarían dirigirse al oeste a toda fuerza de máquinas, tomando la cabeza el «Vizcaya ». Los cazatorpederos habían de mantenerse, si podían, fuera del fuego, espiar un momento oportuno para obrar, si se presentaba, y tratar de escapar con su mayor andar, si el combate nos era desfavorable.
Los buques salieron del puerto con una precisión tan grande, que sorprendió a nuestros enemigos, quienes nos han hecho muchos y muy entusiastas cumplimientos sobre el particular. Tan pronto como salió el «Teresa» rompió el fuego a las 9 h. 35 m., sobre un acorazado que estaba próximo, pero dirigiéndose a toda fuerza de máquina sobre el «Brooklyn », que se encontraba al SO. y que nos interesaba tratar de poner en condiciones de que no pudiera utilizar su posterior andar. Los demás buques empeñaron el combate con los otros enemigos que acudían de los diversos puntos donde estaban apostados. La Escuadra enemiga constaba aquel día de los siguientes buques frente a Santiago de Cuba: «New York », insignia del Contralmirante Sampson; «Brooklyn », insignia del comodoro Schley; «lowa », «Oregon », «Indiana », «Texas» y varios buques menores, o mejor dicho, transatlánticos y yates armados. Realizada la salida se tomó el rumbo mandado, y el combate se generalizó con la desventaja, no sólo del número sino del estado de nuestra artillería y municiones de 14 centímetros que conoce V.E.I. por el telegrama que le puse al quedar a sus órdenes. Para mí no era dudoso el éxito, por más que alguna vez creí que no sería tan rápida nuestra destrucción.
Al «Infanta María Teresa» un proyectil de los primeros le rompió un tubo de vapor auxiliar por el que se escapaba mucho, que nos hizo perder la velocidad con que se contaba; al mismo tiempo otro rompía un tubo de la red de contra incendios. El buque se defendía valientemente del nutrido y certero fuego del enemigo, y no tardó mucho en caer entre los heridos su valiente comandante, capitán de navío don Víctor M. Concas, que tuvo que retirarse y como las circunstancias no permitían perder un segundo, tomé por mí mismo el mando directo del buque esperando ocasión de que pudiera llamarse al segundo comandante, pero ésta no llegó, porque el combate arreciaba, los muertos y heridos caían sin cesar, y no había que pensar en otra cosa que en hacer fuego en tanto que se pudiera.
En tal situación, teníamos fuego en mi cámara, donde debieron hacer explosión algunos de los proyectiles que allí había para los cañones de 57 mm.; vinieron a participarme haberse prendido fuego al cangrejo de popa y caseta del puente de popa, al mismo tiempo que el incendio iniciado en mi cámara se corría al centro del buque con gran rapidez, y como no contábamos con agua, fue tomando cada vez más incremento siendo impotentes nosotros para atajarlo. Comprendí que el buque estaba perdido y pensé desde luego en donde lo vararía para perder menos vidas, pero continuando el combate en tanto fuera posible.
Desgraciadamente el fuego ganaba terreno con mucha rapidez y voracidad, por lo que envié uno de mis ayudantes con la orden de que se inundasen los pañoles de popa, encontrándose éste ser imposible penetrar en los callejones de las cámaras a causa del mucho humo y del vapor que salía por la escotilla de la máquina, donde también le fue absolutamente imposible penetrar, a causa de no permitir la respiración abrasadora de la atmósfera; por tanto fue necesario dirigirnos a una playita al 0. de Punta Cabrera, donde embarrancamos con la salida, al mismo tiempo que se nos paraba la máquina; era imposible subir municiones ni nada que exigiera ir bajo la cubierta acorazada, sobre todo a popa de las calderas, y en tal situación no había que pensar más que en salvar la parte que se pudiera de la tripulación, de cuya opinión fueron el segundo y tercer comandantes y los oficiales que se pudieron reunir, a los que consulté si creían que podía continuar el combate, contestando que no.
En tan penosa situación, habiendo empezado las explosiones parciales de los depósitos de las baterías, di orden de arriar la bandera e inundar todos los pañoles: la primera no pudo ejecutarse a causa del terrible incendio que había en la toldilla, habiéndose quemado al poco rato. Ya era tiempo: el fuego ganaba con mucha rapidez y apenas hubo el suficiente para abandonar el buque, cuando ya el fuego llegaba al puente, y eso ayudados por dos botes americanos que llegaron como tres cuartos de hora después de la embarrancada.
Entre los heridos están el teniente de navío don Antonio López Cerón y alférez de navío don Ángel Carrasco, y faltan el capitán de Infantería de Marina don Higinio Rodríguez, al que creo mató un proyectil, el alférez de navío don Francisco Linares, el segundo médico don Julio Díaz del Río, el maquinista mayor de primera clase don Juan Montero y el de segunda don José Melgares, cuyo cadáver salió a la playa. El salvamento se hizo tirándose al agua los que sabían nadar, intentando tres veces llevar una guía a tierra, lo que sólo se consiguió a última hora y ayudados por los dos botes americanos de que llevo hecha mención. Nosotros arriamos un bote que parecía bueno e inmediatamente se fue a pique, y se echó al agua un bote de vapor, que sólo pudo hacer un viaje, porque también se fue a pique por efecto de las averías que tenía, al intentar volver a bordo por segunda vez, quedando agarrados a él los tres o cuatro hombres que lo llevaban y que se salvaron unos a nado y otros los recogió un bote americano.
El comandante, ayudado por buenos nadadores, había ido a tierra; el segundo y tercero dirigían a bordo el embarco, y necesitándose dirección en tierra, cuando ya venían los botes americanos, yo me fui a nado, ayudado por dos cabos de mar llamados don Juan Llorca y Andrés Sequeiro y mi hijo ayudante, teniente de navío don Ángel Cervera.
Concluido el desembarco de la gente, fui invitado por el oficial americano que mandaba los botes de seguirle a su buque, que era el yate armado «Gloucester », a donde fui acompañado de mi capitán de bandera herido, de mi hijo ayudante y del segundo del buque que fue el último que lo abandonó.
Durante este período, el aspecto del buque era imponente porque se sucedían las explosiones y estaba para aterrar a las almas mejor templadas.
Nada absolutamente creo que pueda salvarse del buque, y nosotros lo hemos perdido todo, llegando la inmensa mayoría absolutamente desnudos a la playa.
Pocos minutos después que el «Teresa» embarrancaba el «Oquendo» en una playa como a media legua al oeste de él, con un incendio parecido al suyo, y se perdieron de vista por el Oeste el «Vizcaya» y el «Colón », perseguidos por la escuadra enemiga. Según me ha manifestado el contador del «Oquendo », único oficial que está en el mismo buque que yo, la historia de este desgraciado buque y su heroica tripulación es la siguiente, que tal vez se rectifique algo, pero sólo en detalles, no en el fondo de los hechos:
El desigual y mortífero combate sostenido por este buque se hizo más desigual aún porque al poco tiempo de comenzado un proyectil enemigo entró en la torre de proa matando a todo el personal de ella, menos un artillero que quedó muy mal herido.
A la batería de 14 centímetros, barrida por el fuego enemigo desde el principio, sólo le quedaron dos cañones útiles, con los que continuó defendiéndose con una energía incomparable. También la torre de popa quedó sin su oficial comandante, muerto por un proyectil del enemigo que entró al abrir la puerta para poder respirar, porque se asfixiaban dentro. No conoce el Contador la historia de la batería de tiro rápido y sólo sabe que disparaba, seguramente, lo mismo que toda esta valiente tripulación. Hubo dos incendios: el primero, que se dominó, ocurrió en el sollado de proa, y el segundo, que se inició a popa, no se pudo dominar, porque ya no daban agua las bombas, quizá por las mismas causas que en el «Teresa ».
Los ascensores de municiones de 14 centímetros faltaron desde el principio, pero no faltaron municiones en la batería, mientras que pudo batirse, por los repuestos que, a prevención, se habían puesto en todos los buques. Cuando el valiente comandante del «Oquendo » vio que no podía dominar el incendio y no tenía ningún cañón en estado de servicio, fue cuando se decidió a embarrancar, mandando previamente disparar todos los torpedos, menos los de popa, por si se acercaba algún buque enemigo, hasta que llegado el último extremo mandó arriar la bandera, minutos después que el «Teresa » y previa consulta a aquellos oficiales que estaban presentes. Los comandantes segundo y tercero y tres tenientes de navío habían ya muerto. El salvamento de los supervivientes fue organizado por su comandante, que ha perdido la vida por salvar la de sus subordinados. Hicieron una balsa, arriaron dos lanchitas, únicas embarcaciones que les quedaban útiles, y últimamente fueron auxiliados por embarcaciones americanas, y según me dijo un insurrecto, a quien hablé en la playa, también les auxilió un bote que éstos tenían.
Sublime era el espectáculo que presentaban estos dos buques; las continuas explosiones que se sucedían sin cesar, no acobardaban a estos valientes, que han defendido sus buques hasta el punto de no haber podido ser hollados por la planta de ningún enemigo.
Cuando fui invitado por el oficial americano a seguirlo, según dije a V.E.I anteriormente, di instrucciones para el reembarco al tercer comandante don Juan Aznar, a quien no he vuelto a ver desde entonces. Al llegar al buque americano, que era el yate armado «Gloucester », encontré allí una veintena de heridos pertenecientes en su mayor parte a los cazatorpederos, los comandantes de éstos, tres oficiales del «Teresa », el Contador del «Oquendo » y nos reunimos entre todos hasta noventa y tres personas, pertenecientes a las dotaciones de la Escuadra.
El comandante y oficiales del yate nos recibieron con las mayores atenciones, esforzándose por atender a nuestras necesidades, que eran de todo género, porque llegamos absolutamente desnudos y hambrientos; me manifestó el comandante que como su buque era tan pequeño, no podía recibir aquella masa de gente, e iba a buscar un buque mayor que los embarcara. Los insurrectos, con quienes yo había hablado, me habían dicho que con ellos tenían unos 200 hombres entre los que había 5 ó 6 heridos, y me añadieron de parte de su jefe que si queríamos irnos con ellos les siguiéramos y nos auxiliarían con lo que ellos tenían, a lo que les contesté que dieran las gracias a su jefe y le dijeran que nosotros nos habíamos rendido a los americanos; pero que si tenían médico, les agradecería que curaran una porción de heridos que teníamos en la playa, algunos de ellos muy graves.
Al comandante del yate le comuniqué esta conversación con los insurrectos y le supliqué reclamara nuestra gente, lo que me prometió, enviando al efecto un destacamento con bandera. También envió algunos víveres de que tan necesitados estaban en la playa.
Seguimos después hacia el O. hasta encontrar el grueso de la Escuadra, de la que se destacó el crucero auxiliar «Paris », y nuestro yate siguió hasta frente a Cuba, donde recibió órdenes con arreglo a las que unos fuimos transbordados al «Iowa» y otros lo fueron a otros barcos.
Durante mi permanencia en el yate pedí a los comandantes de los cazatorpederos noticia de la suerte que les había cabido, teniendo el conocimiento de saber su triste fin.
De lo ocurrido al «Furor », puede V.E.I. enterarse detalladamente por la adjunta copia del parte de su comandante; en él encontró una muerte gloriosa el capitán de navío don Fernando Villaamil, y el número de bajas acredita cómo se ha conducido este pequeño buque cuyo comandante también fue herido levemente.
Cuando llegué al «Iowa », donde fui recibido con toda clase de honores y consideraciones, tuve el consuelo de ver en el portalón al bizarro comandante del «Vizcaya », que salió a recibirme con su espada ceñida porque el comandante del «Iowa » no quiso que se desprendiera de ella en testimonio de su brillante defensa. Adjunta es también copia del parte que me ha producido, por el cual vendrá V.E.I. en conocimiento de esta historia tan parecida a la de sus hermanos «Teresa » y «Oquendo », lo que prueba que los mismos defectos han producido las mismas desgracias, habiendo sido todo cuestión de tiempo.
En el «Iowa » estuve hasta las cuatro de la tarde, en que fui trasbordado al «San Luis », donde encontré al general segundo jefe y comandante del «Colón ».
Cuando estando aún en el «Iowa » se incorporó el almirante Sampson, le pedí permiso para telegrafiar a V.E.I., haciéndolo en los Siguientes términos:
«En cumplimiento de las órdenes de V. E., salí ayer mañana de Cuba con toda la Escuadra, y después de un combate desigual contra fuerzas más que triples de las mías, toda mi Escuadra quedó destruida, incendiados y embarrancados el "Teresa ", "Oquendo " y "Vizcaya "; el "Colón ", según informes de los americanos, embarrancado y rendido; los cazatorpederos a pique. Ignoro aún las pérdidas de gente, pero seguramente sumen más de 600 muertos y muchos heridos, aunque no en tan grande proporción. Los vivos somos prisioneros de los americanos. La gente toda rayando a una altura que ha merecido los plácemes más entusiastas de los enemigos. Al comandante del "Vizcaya " le dejaron su espada. Estoy muy agradecido a la generosidad e hidalguía con que nos tratan. Entre los muertos está Villaamil y creo que Lazaga; entre los heridos, Concas y Eulate. Hemos perdido todo y necesitaré fondos. - Cervera. - 4 de junio de 1898.»
En cuyo, telegrama hay que rectificar la suerte del «Plutón », que no fue echado a pique, sino que, sin poderse sostener a flote, consiguió embarrancar como V.E.I. verá en el parte de su bizarro comandante.
Réstame decir a V.E.I., para completar los rasgos característicos de esta lúgubre jornada, que nuestros enemigos se han conducido y se conducen actualmente con nosotros con una hidalguía y delicadeza que no cabe más; no sólo nos han vestido como han podido, sino que han suprimido la mayor parte de los «hurras » por respeto a nuestra amargura; hemos sido y somos objeto de entusiastas felicitaciones por nuestra actuación, y todos, a porfía, se han esmerado en hacernos nuestro cautiverio lo más llevadero posible.
En resumen: la jornada del 3 ha sido un desastre horroroso, como yo había previsto; el número de muertos es, sin embargo, menor del que yo temía; la Patria ha sido defendida con honor y la satisfacción del deber cumplido dejan nuestras conciencias tranquilas, con sólo la amargura de lamentar lo pérdida de nuestros queridos compañeros y las desdichas de 1a Patria.
También acompaño a V.E.I. relación de los jefes, oficiales y guardias marinas muertos, heridos, contusionados y desaparecidos y otra de los heridos no oficiales que hay en este buque; la gran masa de heridos está a bordo del buque hospital, que es el vapor «Solace ».
Como comprendo que V.E.I. tendrá dificultades para transmitir esta comunicación, me permito enviarle un traslado al Excmo. Sr. Ministro de Marina.
Dios guarde a V.E.I. muchos años.
En la mar, a bordo del «San Luis », 9 de julio de 1898.
Firmado: Pascual Cervera.

sábado, septiembre 16, 2006

ODISEA DE UN PRISIONERO EN FILIPINAS

INTRODUCCION.

finales de Agosto de 1896, estallaba la insurrección en las Filipinas . El Capitán General del Archipiélago se vió obligado a solicitar con carácter urgente al Gobierno tropas peninsulares, ante la gran desproporción existente de tropa índigena en relación con la europea con la consiguiente desconfianza y el peligro que representaba. Un mes después llegaban los primeros auxilios de España; el primero en llegar fue el 1er. Batallón Expedicionario de Infantería de Marina y posteriormente fueron llegando más refuerzos.
A finales de año el General Polavieja, iniciaba la tarea de pacificación al frente de unos 30.000 hombres aproximadamente del Ejército de Tierra y de Marina. Pero la carencia de medios y la negativa del Gobierno a enviar más tropas que apoyaran los primeros éxitos conseguidos, le movieron a presentar su dimisión en abril de 1.897, siendo sustituido por el General Primo de Rivera, quien recuperó Cavite en poder de los rebeldes y tuvo que acordar la paz por imposición del Gobierno.
En abril de 1.898, llegaba a las Filipinas el que había de ser su último Capitán General, Augustin, el cual hubo de enfrentarse a nuevas sublevaciones encabezadas por Aguinaldo que contaba con la ayuda del Gobierno Norteamericano . Dos semanas después de su llegada, el 23 de abril, España entraba en guerra con los Estados Unidos.
Se sabía, por parte de las autoridades competentes que nuestra Marina y el Ejército de Tierra iban al holocausto; todo lo que se pretendió salvar en aquellos momentos fue el honor, y poco más podía intentarse, dados los escasos efectivos militares existentes y la situación de abandono en que se encontraban las Fuerzas Armadas Españolas.
El primero de mayo, se encuentran las escuadras Española y Norteamericana en la bahía de Manila; la superioridad Norteamericana es manifiesta y la escuadra Española es puesta fuera de combate.
Al día siguiente se rendía el Arsenal de Cavite después de un intenso bombardeo naval y el día tres la Plaza. En el resto de las islas, el General Augustin intentó resistir, pero los Norteamericanos desembarcaron Fuerzas muy numerosas y ayudados por los insurrectos tomaron la isla de Luzón, apresando a más de 3.000 españoles y amenazando Manila, intimando a la rendición de ésta. El 17 de agosto, la capital es bombardeada por la escuadra Norteamericana, capitulando y firmando la rendición el General Jáudenes.
El tratado de París en diciembre de 1898, pondría oficialmente punto final a la guerra, no obstante, algunas unidades españolas que se encontraban aisladas continuaron resistiendo ante los tagalos, como los sitiados en Baler (Luzón), que aguantaron hasta el 2 de junio de 1899. En los artículos 5º, 6º y 7º del Tratado, se comprometían los Norteamericanos a transportar a la península a los soldados españoles hechos prisioneros en Manila.
Durante todo el año 1899 y primer semestre de 1900, fueron llegando a España, en su mayoría en buques de la Compañía Trasatlántica, cientos de soldados, parte de ellos enfermos y heridos; muchos habían pasado por la triste situación de ser prisioneros.
La historia que se relata a continuación que fué muy comentada en su época, apareció en una publicación interna de la Infantería de Marina y nos cuenta las vicisitudes de un Infante de Marina; su entrada en filas y posteriores destinos en el Arsenal de la Carraca, Cuartel de S. Carlos, Filipinas y por fin su regreso a España después de haber estado cerca de dos años, prisionero de los tagalos insurrectos.
Mi entrada en el servicio.
El día 22 de Septiembre del año 1895, entré en quinta, sacando el número 1251, número para no venir al servicio si no hubiese sido por la guerra; pero a los tres meses, me tuve que presentar para la escoja, siendo escojido para el Real Cuerpo de Infantería de Marina.
El día siete del citado mes de Noviembre, por la noche, llegué al Cuartel de San Carlos, donde se encontraba un Batallón dispuesto para salir para Cuba. Ocupamos nosotros, los quintos, la planta alta del Cuartel, sin camas, hasta que marchó dicho Batallón, que pasamos a ocupar la planta baja, sitio que tenía el expresado Batallón.
El 22 de Diciembre me dieron de alta de instrucción, y en el mismo día, después de comer el 2º rancho, me destinaron, en unión de 250 más, a la Compañía de Guardias de Arsenales, haciendo la primera guardia en Nochebuena, en la puerta del Arsenal.
En dicha compañía permanecí hasta el 5 de Abril del año 1896, pasando al Cuartel de San Carlos posteriormente para estudiar para Cabo. En 21 de Julio, día del examen, que lo verificamos veintidos aspirantes quedé aprobado, pero sin plaza, porque no había más que ocho vacantes por lo que ascendieron los ocho primeros, y quedamos los restantes, hasta que hubiera plazas, con el galón de Cabo interino, para prestar el servicio como tal Cabo de plaza.
Mi entrada en Filipinas.
El 3 de Septiembre de 1896, me dieron los galones de Cabo 2º, embarcando en dicho día con todo mi Batallón en la bahía de Cádiz en el correo Cataluña, con rumbo a Manila, llegando a dicha capital el día 1º de Octubre del expresado año. A las doce del día desembarcamos, recorriendo todo Manila el Batallón formado hasta llegar al Castillo de Santa Bárbara, sitio donde nos tenía preparada una comida el Batallón de Voluntarios de la mencionada capital. Después de comer, serían las siete y media, embarcamos para Cavite, donde llegamos a las nueve de la noche alojándonos en un local que no tenía utensilios, ni se había limpiado en lo menos un año, pues tenía un palmo de basura.
Mi bautismo de fuego.
Al día siguiente, entramos de guardia en Puerta Baja a relevar a la Artillería de Plaza que marchaba para Manila, y al otro día con todo el Batallón salí para Caridad, donde fué la primera vez que entré en fuego, continuando por Noveleta y Dalaicán, operando hasta el día 6 de Noviembre que, agregado a la 1ª Compañía y en unión de la 4ª del 2º Batallón, pasamos a Iligán de Mindanao, en persecución del Batallón Disciplinario que se había sublevado.
Entré de guardia en el Heliógrafo, hasta las cuatro de la mañana del día siguiente, que me relevaron para ir de convoy con mi Compañía al Fuerte de las Piedras, continuando en dicho punto prestando los servicios de convoy descubierta, protección de trabajos, guardias y avanzadas.
En uno de los convoyes que hicimos, nos atacaron los moros en la cuesta de Aparicio, matándonos un soldado y haciéndonos tres heridos. Una inundación que nos sorprendió otro día, puso en peligro nuestras vidas, pues el agua nos llegaba hasta la boca.
Después de esto, destinaron a mi compañía a Joló, a la Laguna de Lanao, y durante el camino, que tardamos dos días en recorrer, atacaron los moros al convoy y tuvimos que retroceder para poder hacerles fuego, pudiendo así contenerlos y causarles dos bajas que resultaron muertos.
El combate naval de Cavite.- La Infantería de Marina impidiendo el desembarco de los americanos.
Nos relevaron los Cazadores del Ejército de Tierra y regresamos a Cavite, continuando en dicho punto prestando los servicios de campaña.
El 1º de Mayo de 1898, fué el combate naval con la escuadra americana y la pérdida de la española, ocupando mi compañía las murallas para impedir el desembarco enemigo, y en dichas murallas sostuvimos nosotros el rudo bombardeo hasta que izaron bandera de parlamento en el Arsenal, pasando nosotros al cuartel hasta el día siguiente que lo abandonamos .
Emprendimos la marcha para el pueblo de San Francisco de Malabón, donde llegamos a las once de la noche .
Como caimos prisioneros.
Continuamos en el mencionado pueblo hasta el 26 del mismo mes, que salimos a hacer una descubierta al mando del Comandante del cuerpo D. Fulgencio de Pazos; apenas llegamos a la sementera del pueblo antes dicho, una fuerte partida de insurrectos nos salió al encuentro, teniendo por tal motivo tres horas de fuego con ellos; pero como nosotros éramos dos compañías y una era de naturales del país, se pasaron los soldados de ésta al bando contrario, y nos quedamos los españoles reducidos a uno por cada ciento de ellos. A las tres horas de fuego, consumidas todas las municiones tuvimos por fuerza que entregarnos prisioneros de guerra, después de una resistencia desesperada.
Combate de Noveleta:
A los tres días de estar prisioneros en dicha sementera, nos llevaron a Noveleta para embarcarnos y conducirnos a Cavite; pero pasamos toda la noche sin poder embarcar, porque el fuego de las fuerzas españolas que estaban en las trincheras de Noveleta lo impedían, y resistimos el fuego de los nuestros toda la noche, costándole la vida a muchos infelices, por ignorar sin duda los nuestros que nosotros estábamos en aquel sitio.
Mi calvario:
Al amanecer del día siguiente fueron embarcados para Cavite casi todos los prisioneros; y yo, por no abandonar a mi capitán que estaba gravemente herido, estuve hasta última hora resistiendo el fuego que desesperadamente nos hacían.
Por fin quiso Dios que llegara a Cavite. Los heridos pasaron al Hospital, y de los restantes, los soldados al Cuartel de Santo Domingo, las clases al presidio y los Jefes y Oficiales al Convento.
Nos daban para comer un poco de arroz que apestaba a perro podrido, y como es consiguiente, empezamos a ponernos enfermos; raro era el día que no morían de seis a siete individuos. En esta situación estuvimos un mes. Los americanos se querían apoderar de nosotros, pero los tagalos nos embarcaron nuevamente y nos llevaron a Bulacán después de dos días sin comer, y entonces nos dieron un poquito de arroz que nos dejó casi con tanta hambre como antes. Al día siguiente, sin comer, emprendimos viaje a San Ildefonso.
Esclavo de un negro.
En cada pueblo que llegábamos se quedaban aquellos que los vecinos escogían para tenerlos en sus casas en calidad de esclavos ; fuí escogido como esclavo por un tío más negro que el azabache, horriblemente feo y muy corpulento, el cual, como no quise obedecerle e irme con él, me llevó a la fuerza. Llegué a su casa y no podía entrar en ella de pie, tuve que agacharme para poder pasar por la puerta; apenas su familia me vió, como también los vecinos, se agruparon todos para verme mejor, haciendo enseguida comentarios mil, los cuales yo no entendía.
Me pusieron un plato de arroz cocido, un plátano, una panocha de azúcar y un vaso de leche de caraballa para que comiera; yo estaba desmayado, no me hice rogar ni mucho menos, y mientras tanto ellos, con el más grande regocijo contemplaban al "Castilla" comiendo "morisqueta" .
La hija del Alcalde.
Al día siguiente me llevó mi amo al campo y me enseñó un arado, y me preguntó que si sabía arar, le dije que no, a lo que replicó que ya aprendería. Un día fuí con su permiso al pueblo a la casa del alcalde, casa donde estaba sirviendo mi paisano Rafael Garrido, natural de Moguer. Conocí a la hija del alcalde y le conté lo que me estaba ocurriendo, entonces me dijo que me esperara hasta que viniera su padre para suplicarle que quedara en su casa con mi paisano, y así se hizo; pero el negro, viendo que yo no volvía, fué a casa del alcalde para darle cuenta de que el "Castilla", se le había perdido; en el momento de entrar me vió y cogiéndome de la mano me quería llevar a su casa, pero la hija del alcalde le dijo que esperara a que su padre viniera; seguidamente llegó éste, que enterado de lo sucedido y de que su hija quería que yo me quedara en su casa, dió su consentimiento contra la voluntad del negro, que se marchó gruñendo.
Cambio de amo.
En casa del alcalde estuvimos dos meses perfectamente, pero era porque ellos creían que España llegaría a mandar barcos y gente para rescatarnos ; pero cuando se convencieron de que España no daba señales de vida , empezamos a pasar fatigas, pues pusieron a Rafael a acarrear agua y al frente de una venta llamada del Palaés y a mí a cuidar dos caballos.
Al poco tiempo cayó enfermo Rafael y lo mandaron al tribunal porque no podía trabajar y quedé solo haciendo el trabajo de los dos, hasta que trajeron a José Ruiz y Ruiz y entonces me dejaron a mí los caballos y la venta del Palaés. Aquella tarde decidimos escaparnos y huímos pero al rato fuimos presos por los vecinos y trasladados al acuartelamiento Tagalo.
Sentenciado a muerte.
Al día siguiente, escoltado por cuatro soldados y un sargento, salimos a las afueras del pueblo para ser fusilados; en aquel momento pasaba por aquel sitio uno de sus generales, y al enterarse del atropello que iban a cometer, le dijo al alcalde, que como llevara a efecto semejante injusticia, esperara el castigo que Aguinaldo le pusiera.
El alcalde, no sabiendo ya que hacer con nosotros si fusilarnos o no, nos puso cinco veces de rodillas, hasta que por fin decidió no fusilarnos, pero si el darnos una fuerte paliza, y entonces mandó llamar a todos los españoles prisioneros para que presenciaran la paliza. Al poco tiempo de esto se reunieron en aquel sitio todos los españoles y casi todo el vecindario del pueblo.
El banco.
Una vez reunido todo el pueblo dijo el alcalde en alta voz: Aquí teneis a estos dos criminales, se fugaron y los han cogido en los barrios de Angelu; por mi parte quiero fusilarlos, pero ustedes, como españoles, dirán el castigo que se les impondrá; todos permanecieron en silencio, menos José Rivero, cabo de mar, que dijo: Yo, por mi parte, que se le pegue 20 palos y 20 días de trabajo y que no los fusilen.
Contestando el alcalde. Un español lo ha dicho. Me hicieron ir por un banco, y para echarme al hombro el banco tuvieron que ayudarme, pues yo no podía. Llegué con el banco y me ordenó el sargento que me tendiese encima; le contesté que los españoles no se castigan de esa manera; que al que hace motivo se le fusila, y si no, se le mete en el calabozo, pero nunca encima de un banco; contestándome que ellos no eran como los españoles y por lo tanto que me tendiera; le volví a decir que no, y entonces la emprendió a palos conmigo hasta que tuve que tirarme de golpe encima del banco, donde me dieron los palos donde quisieron. Después le tocó a mi compañero, y el último que se levantaba se lo echaba a cuestas hasta llegar a otra esquina, y era el primero que se ponía en él para recibir los palos. De esta manera corrimos todo el pueblo entre bayonetas, dos a cada costado. Que palos nos darían, que íbamos derramando sangre como si nos hubieran dado de puñaladas, y los tagalos que venían detrás burlándose de nosotros, se marcharon al fin porque les daba pena el vernos.
Recorrimos de esta manera todo el pueblo, y después fuimos al cepo otra vez. Estando en el cepo, llegaron dos tagalos que se habían compadecido de nosotros, y me dijo uno de ellos:
- ¿Tú te quieres venir a mi casa?. Yo te doy de comer hasta que tú puedas marcharte a España con tu familia.
- ¡Ya lo creo!, le contesté.
- Pues, bueno; ahora voy a casa del alcalde y se lo digo.
Se marchó y al poco tiempo llegó diciéndome:
- El alcalde me ha dicho que no, que vas otra vez a su casa.
Justicia.
El alcalde mandó a dos soldados para que escoltados nos llevaran a su casa. Llegamos como el que llega al patíbulo. En cuanto nos vió, se dirigió a nosotros diciéndome:
- Puto ninamós y patay seguro,- y nos entregó una escoba y nos puso a barrer un Platanal. Excuso decir cómo estaríamos barriendo con ocho días sin comer y molidos a fuerza de palos.
Sería al mediodía cuando me llamó el alcalde y me dijo:
- ¿Cómo te marchastes de mi casa cuando llevas diez meses en ella y tenía puesta en tí mi confianza, toda vez que te entregué la llave de mi camarín para que tú te entendieras con la venta del Palaés?.
Contestándole:
- Porque antes de morirme de hambre, quería ver si podía recobrar la libertad y marchar a España.
- ¿Hambre en mi casa?, exclamó.
- Si señor, le dije.
- ¿Y por qué no me lo has dicho antes?.
- Porque yo creí que Vd, lo había dispuesto así. Si me hubiesen dado de comer, nunca me hubiese ido. Llamó a la criada y le dijo que por qué no nos había dado de comer; y contestó ella que sí nos daba; pero antes que terminara de decirlo le advertí que no decía la verdad. Entonces el alcalde la hizo que se tumbara en un banco y le pegó veinticinco palos. Desde aquel día el mismo alcalde se cuidaba de nuestra comida, volviéndome a dar la llave del camarín para que yo me entendiera con la venta del Palaés.
Pidiendo limosna.
A los dos meses nos echaron a todos los españoles fuera del pueblo porque se aproximaban los americanos, y entonces fuí caminando de pueblo en pueblo hasta Vigán, a cuyo punto tardé en llegar cuatro meses. Durante la marcha comíamos lo que las buenas personas nos daban, pues tuvimos que pedir para comer, y en un pueblo daban y en otro no.
En poder de los yankis.
En Vigán estuve hasta que el alcalde mandó echar a todos los españoles, porque tenía noticias de que la escuadra americana estaba próxima a llegar.
Salimos para Banquer, provincia de Iloco; en el camino nos enteramos que la escuadra americana estaba a la vista, y aquella noche volvimos a Vigán, y sin ser vistos de los soldados, nos metimos en un sótano a esperar que los americanos desembarcaran. Pero la escuadra americana sólo hizo unos cuantos disparos y se marchó, y entonces nosotros tuvimos también que marcharnos a la noche siguiente para que no nos vieran los tagalos.
Llegamos a Banquer, donde nos reunimos lo menos mil personas; pero a los pocos días me dijeron que habían publicado un Bando para que en el término de dos horas abandonáramos el pueblo, bajo pena de muerte el que no lo cumplimentara.
Emprendí el camino solo, derecho a Vigán, por la falda del monte, y al llegar a un río que está entre Banquer y Pedrigán, divisé una columna americana.
Me dirigí hacia ella, poniendo en la punta de un palo un trapo blanco; al divisarme los americanos se pusieron todos de pie, pues se encontraban tendidos al lado del río. Se adelantó una sección, y uno montado en un caballo preguntóme seguidamente que yo qué era, a lo que contesté que yo era cabo 1º de Infantería de Marina. Entonces me dijeron que siguiera delante de ellos, y así llegamos a Banquer. Durante el camino no cesaban de presentarse españoles; en el pueblo no había más que el alcalde y con música se presentó al jefe de la columna y le entregó las llaves. Dicha columna hizo alto en el centro de la plaza y en cada bocacalle se destacó una sección.
Enseguida ordenó el jefe que otra sección con algunos españoles subieran al monte para que avisaran a los que estaban escondidos. A la media hora ya estaban todos en el pueblo.
El hambre satisfecha.
Seguidamente nos mandó dicho jefe unas cuantas vacas que le había pedido al alcalde para nosotros; cada uno cojimos un pedazo, que en candela que los mismos americanos encendieron, asamos y comimos. Al día siguiente, el Jefe de la columna nos mandó solos para Vigán y ellos salieron en persecución de los demás. Volvimos a Vigán con el temor de que en el camino nos cogieran otra vez los insurrectos; pero a Dios gracias nadie se metió con nosotros; llegamos a Vigán y nos encontramos que en dicho pueblo estaba una fuerte columna al mando de un general. Tan pronto como nos presentamos al general ordenó que nos dieran de comer, y empezaron por darnos un salmón para cuatro y un puñado de galletas.
¡¡Libres!!.
Al día siguiente nos embarcaron y nos llevaron a Manila, presentándonos a la Embajada Española. Durante el paso por la capital de Manila, para llegar a la embajada, muchas personas que nos veían se echaban a llorar al vernos. Veníamos, con la barba y el pelo, muy largos, y en cueros. Enseguida que llegamos nos pelaron, nos afeitaron y nos vistieron, y en el primer correo que salía para España, que fué el "León XIII", embarcamos, llegando a Barcelona el 15 de Enero de 1900.
Once años hace de estos sucesos.
Muchos de los que regresaron conmigo, soldados del Ejército mientras yo era cabo de Infantería de Marina, hoy son oficiales; y yo, a pesar de los pequeños sufrimientos por la Patria que dejo relatados no he pasado ni espero pasar de sargento segundo.
VICENTE GARCIA CARRIL. Sargento 2º de Infantería de Marina.
LA PRENSA Y OTRAS PUBLICACIONES DE LA EPOCA ANTE LA REPATRIACION DE PRISIONEROS.
Parte del contingente de prisioneros y familias españolas procedentes de Filipinas llegan a España en el primer semestre del siglo. La prensa nacional informa puntualmente, sin embargo, como si no se quisiera hablar más de las penalidades de la guerra, sus informaciones son normalmente de carácter telegráfico y se reducían a unas pocas líneas que concretamente afectaban a nuestro protagonista.
El once de enero de 1900, se publicaba en la prensa Nacional la próxima repatriación de tropas procedentes de Filipinas; la noticia adelantada telegráficamente decía así:
" El vapor LEON XIII conduce 152 jefes y oficiales y sus familias y 1672 individuos del Ejército y Marina, vienen 25 enfermos y 10 heridos. En Barcelona, hácense preparativos para el alojamiento".
En los periódicos de Cádiz se ampliaba la comunicación anterior: "Entre el personal de Marina vienen dos compañías de Infantería de Marina que formaban la Guarnición de las Carolinas".
El día 15 de enero con el título "REPATRIACION", la prensa nacional informaba:
"Llega a Barcelona procedente de Manila, el buque "LEON XIII". En el muelle había numeroso gentío".
El 17 de enero, el Diario de Cádiz detallaba el personal de Marina que había desembarcado:
"Dicen de Barcelona que entre los desembarcados del "LEON XIII" figuran D. Ricardo Castro, capitán de Infantería de Marina, 5 sargentos y 187 cabos y soldados de Barcelona para Cádiz, 6 sargentos y 104 cabos y soldados de marina para Cartagena. 30 Fogoneros, cabos de mar, marineros y maquinistas para Cádiz. También han desembarcado dos compañías de Infantería de marina que guarnecían "Las Carolinas" con sus jefes, los capitanes D. Salvador Cortés y D. Rafael Ríos".
Para tranquilizar a las familias de la provincia de Cádiz, en el Diario de la Capital del día 24 de enero, aparecía la información siguiente:
"Cumplimentando órdenes del Ministro de Marina se han remitido a Barcelona ropa de abrigo para la tropa repatriada de Filipinas".
En general, en los primeros años de siglo se respiraba un ambiente como de olvido de la pesadilla de la guerra, refrescar cosas de ella producían gran tristeza y malestar. Pasados unos diez años de su finalización, es cuando comienzan en revistas y publicaciones civiles y militares a aparecer relatos e informaciones de la contienda pasada , que poco a poco, van siendo sustituidas por otras noticias de actualidad muy preocupantes al acercarse la primera guerra mundial.
RESUMEN DE ESTA HISTORIA.
El comportamiento del personaje de esta historia es ejemplar desde el punto de vista humano y profesional. Responde a las virtudes clásicas del soldado español. En algunos aspectos su forma de actuar denotan la influencia de las enseñanzas de los mandos de Infantería de Marina de aquella época que insistían en todo momento en la alta disciplina, compañerismo, espíritu de sacrificio y de cuerpo etc...
España, a partir de agosto de 1898, prácticamente dejó en manos de tagalos y norteamericanos a miles de soldados que habían caido prisioneros.
El Tratado de París en 1898, acordaba la repatriación de prisioneros, por parte de Norteamérica, sin embargo en el año 1900, todavía seguían llegando tropas procedentes de Filipinas.
En las grandes poblaciones como Manila se pactó la rendición de las tropas españolas y éstas, aunque estuvieron expuestas a todo tipo de atropellos y humillaciones, por parte de los tagalos, realmente fueron hasta cierto punto atendidos por las tropas norteamericanas, llegando a ser repatriadas en un plazo relativamente breve.
No fue así con las tropas que cayeron prisioneras de los tagalos en campo abierto, pues eran torturados, humillados y no se les daba de comer, por lo que muchos fallecían. Los heridos eran prácticamente abandonados y algunos salían adelante, gracias a la ayuda de sus compañeros. El índice de mortalidad fue elevadísimo.
En definitiva el gobierno español no consiguió acelerar la entrega de prisioneros al no contar con la ayuda exterior de otras naciones. Se puede decir que esta ralentización, fue considerada por la población española y la prensa, como un abandono de las tropas españolas por parte del gobierno.
En los primeros meses de la guerra contra Filipinos y Norteamericanos, España prácticamente había perdido todo el archipiélago, sin embargo existía por parte filipina la psicosis de que España volvería con un ejército y la reconquistaría. Mientras estuvo presente la posibilidad de que los españoles pudieran desembarcar, el trato con los prisioneros fue más humano, al alejarse esta posibilidad éste se endureció.
Los norteamericanos atacan el archipiélago Filipino cuando el grueso del ejército expedicionario había regresado a la metrópoli. Posiblemente si estas tropas hubieran permanecido más tiempo en Filipinas el ataque norteamericano no se hubiera producido.
La inteligencia norteamericana apoyada por los insurrectos estuvo en todo momento al día.
Los Estados Unidos ya habían iniciado anteriormente su política de expansión exterior y siguiendo su histórico aprovechamiento de otros estados más débiles militarmente, les llegó el turno a Cuba y a las Filipinas.
El relato del Sargento 2º de Infantería de Marina CARRIL en 1912, protagonista de esta historia, finaliza humildemente manifestando:
"Muchos de los que regresaron conmigo, soldados del ejército mientras yo era cabo de Infantería de marina, hoy son oficiales; y yo, a pesar de los pequeños sufrimientos por la patria no he pasado ni espero pasar de Sargento 2º".
Dentro del cuerpo de Infantería de Marina, los ascensos en todas las épocas han sido ruines, unos pocos han hecho carrera ... y una mayoría han ido a rastras de otros cuerpos y ejércitos que no han tenido en materia de ascensos freno alguno.
En el caso de la guerra de Filipinas tras el repliegue colonial, el ejército quedó compuesto por un exceso de suboficiales, oficiales, jefes y generales que anteriormente habían sido ascendidos. Los mandos que se quedaron cautivos, tuvieron una consideración como si fueran desaparecidos, por lo que cuando éstos llegaron repatriados a la península, ya era tarde para realizar los trámites administrativos, ya que el gobierno había congelado los ascensos.
Los responsables del almirantazgo y del cuerpo, no tuvieron voluntad para resolver estos problemas de unos pocos para poderlos ascender, pues consideraron que había otras necesidades más importantes, dejando en segundo plano los problemas más o menos individuales de unos combatientes que en conciencia merecían ascender.
BIBLIOGRAFIA.
- Dominguez Carlos. Legislación de Marina y ejército 1912.
- Cardona Gabriel. El problema militar en España. Madrid 1990.
- Rivas Fabal José. Historia de la Infantería de Marina Española. Madrid 1970.
- Rodriguez Delgado R. Historia del Real y glorioso cuerpo de Infantería de Marina. 1927.
- Castellanos Escudier A. Los orígenes de la última guerra de emancipación. Cádiz 1995.
- Clavijo Clavijo S. Trayectoria Hospitalaria de la Armada Española. Madrid 1944.
- Diarios de Cádiz años 1898, 1899 y 1900.
- Boletín de la Escuela de Infantería de Marina 1912.
Francisco San Martin de Artiñano

LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS

aler era, en aquella época, un pueblo de 2000 habitantes situado en la Provincia de Nueva Écija, en la costa Este de Filipinas, en una zona montañosa que dificultaba su comunicación con Manila y con el resto de la provincia. Su acceso principal era por mar. En febrero de 1898 llega a Baler el Capitán D. Enrique de Las Morenas, como comandante político-militar del Distrito. Con él llegan 50 soldados del 2º Batallón de Cazadores al mando de los Tenientes Juan Alonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo con el Teniente Médico Rogelio Vigil de Quiñones y tres enfermeros para sustituir a la anterior guarnición. Tenían víveres para cuatro meses, plazo en el que se esperaba relevar la guarnición por otra nueva.
A principios de abril de 1898, estalla la sublevación tagala nuevamente en la provincia. Poco a poco van cayendo los puestos españoles y Baler queda aislada y sin posibilidad de recibir órdenes o comunicaciones militares. Sin embargo los habitantes de Baler mantenían una actividad normal sin síntomas de sublevación.
El 27 de junio el pueblo amaneció despoblado. Ese mismo día desertaron 2 soldados filipinos y uno español. Ante la inminencia del ataque, las tropas se instalaron en la Iglesia que era un edificio de piedra y mampostería situado en una posición defendible. El día 30 de junio, algunos soldados realizan una salida para explorar y encuentran una fuerte resistencia retirándose a la Iglesia. Así comienza el sitio de Baler que se puede dividir en tres etapas.
La primera abarca desde el 30 de junio hasta el 31 de julio de 1898. En esta primera fase los filipinos se dedican a hostigar a las tropas españolas desde lejos, con fuego de fusilería, y a solicitarles la rendición. Aquí se producen las primeras bajas y una deserción.
La segunda fase comprende desde el 31 de julio hasta el 14 de enero de 1899. Las fuerzas sitiadores estaban compuestas por unos 800 filipinos, con 6 cañones.
Teniente Martín Cerezo, siendo General
El mismo día 31 comienza el bombardeo de la Iglesia, sin grandes efectos. El 7 de agosto los filipinos intentan un asalto por sorpresa para incendiar el edificio, colocando una escalera en una zona de poca visibilidad pero son descubiertos por un centinela y rechazados con bastante bajas. Durante este periodo los filipinos habían ido acercando sus trincheras a la posición española hostigándola con fuego de cañón y de fusilería solicitando nuevamente la rendición de la Iglesia en varias ocasiones. Los alimentos escaseaban y las enfermedades causaban varias bajas, entre ellas las del Teniente Alonso, el 18 de octubre y la del Capitán de Las Morenas el 27 de noviembre. Ante la falta de alimentos frescos y por recomendación del Teniente Médico Rogelio Vigil, se decide una salida que efectúan 14 soldados al mando del Cabo José Olivares. Después de deshacer las trincheras Tagalas y provocar su retirada hacia posiciones más alejadas de la Iglesia, queman las casas circundantes a la posición y recogieron cuantas frutas y verduras pudieron. La quema de las viviendas cercanas a la Iglesia permitió abrir la puerta posterior de la misma para facilitar la ventilación del puesto lo que disminuyó los enfermos de beri-beri. En este periodo los filipinos intentan nuevamente la rendición comunicando a los españoles la rendición de Manila y el fin de la guerra hispanoamericana.
Entre el 14 de enero de 1899 y el final del sitio se desarrolla la tercera fase en la que los filipinos solicitan la ayuda de oficiales españoles para convencer a la guarnición del fin de la guerra y de la pérdida de la soberanía española. Varios enviados españoles se entrevistan con el Teniente Martín Cerezo, comunicándoles la retirada española de Filipinas pero, ante la falta de documentos oficiales, la guarnición cree que se trata de impostores. Entretanto, los filipinos intentan tomar varias veces la Iglesia siendo repelidos por las fuerzas españolas. En marzo se recrudecen los bombardeos artilleros, con nula efectividad. La situación en el interior de la Iglesia es casi desesperada. Empiezan a escasear las municiones y las raciones de comida son reducidas al máximo. A petición de las autoridades españolas, un buque estadounidense intenta evacuar a los españoles pero, al hallarse en guerra los filipinos con los Estados Unidos, sus tropas son rechazadas por los tagalos y su buque obligado a retirarse por el fuego de la artillería filipina. En marzo los españoles hicieron otra salida para capturar dos carabaos (búfalos filipinos) que se acercaron a la posición española. Se mejoró algo la situación alimenticia pero las enfermedades continuaban produciendo bajas. Tres soldados intentan desertar pero son arrestados. Uno de ellos lograría huir a los pocos días. El 29 de mayo de 1899, se presenta el Teniente Coronel español Aguilar que solicita al Teniente Martín la rendición indicándole que las Filipinas ya no son españolas y le entrega unos periódicos españoles para confirmar la noticia. El Teniente Martín duda de la veracidad de los mismos y se niega a rendirse. Sin casi alimentos, y siendo imposible mantener la posición por la poca munición que quedaba, la guarnición prepara una salida para romper el cerco e intentar llegar a Manila. El 31 de mayo se distribuyen las últimas municiones y se destruyen los documentos. Por no poder llevar consigo a los dos soldados desertores arrestados, se ordena su fusilamiento de acuerdo con las facultades que el Código Militar concedía a los jefes de plazas sitiadas.
Los supervivientes a su regreso en Barcelona
El 1 de junio de 1899 se hace la primera intentona, que es frustrada por la intensa vigilancia filipina. Mientras se preparaba la salida para el día siguiente, el teniente Martín leyó una noticia en uno de los periódicos que le había dejado el Teniente Coronel Aguilar referida a un amigo suyo, lo que le convenció de que la guerra había terminado y que las Filipinas ya no eran españolas. El día 2 de junio de 1899, un año más tarde del inicio del cerco, se rendía a los filipinos la guarnición de Baler. Treinta y dos hombres, de los cincuenta y siete que iniciaron la defensa, son evacuados hacia España en medio de los honores tributados por los Filipinos y los Estadounidenses. El recibimiento en España sería más tibio.
Durante el cerco murieron tres soldados por disentería, once por beri-beri, dos por fusilamiento, cuatro por fuego enemigo y 5 desertores se pasaron al enemigo. Entre los 32 supervivientes, varios estaban heridos o enfermos.

viernes, septiembre 15, 2006

ANNUAL: UN DESASTRE INOLVIDABLE


urante los meses de Julio y Agosto de 1921, el Ejército Español, sufrió un desastre de proporciones gigantescas, alrededor de 15.000 hombres perdieron la vida en los sucesos acaecidos en la Zona oriental del Protectorado de Marruecos, estos hechos se conocen con el nombre del desastre de Annual, una de las páginas más tristes y deprimentes de la historia militar española.
En diciembre de 1912 se crea la Comandancia General de Melilla, a cuyo frente estuvieron sucesivamente los Generales Gómez Jordana y Aizpuru. Por Real Decreto del 30 de enero de 1920 se nombra al General de División, don Manuel Fernández Silvestre para el mando de la Comandancia melillense, cesando en la de Ceuta en la que desempeñaba igual cometido.
El General Fernández Silvestre, procedía del Arma de Caballería, militar de probado valor en la guerra de Cuba y brillante historial y experiencia en la guerra de Africa, había sido ayudante de Campo de SM el Rey Alfonso XIII.
Su nombramiento despertó gran curiosidad en la opinión pública y en el propio Ejército. El 14 de febrero el General se hizo cargo del mando, recibiendo el día 22 la visita del Alto Comisario el General Berenguer, esta visita dió paso a todo tipo de rumores y especulaciones, todos ellos con un denominador común; la conquista de Alhucemas, una bahía cuyo nombre era un imán para el General Silvestre, atracción que habría de acarrearle la muerte y la destrucción en horrorosas circunstancias de la práctica totalidad de las fuerzas bajo su mando.
El 11 de Marzo, el General Silvestre se traslada a Madrid para exponer al Gobierno sus planes. Consistían en el aislamiento la cabila de Beni Urriaguel. Para ello se marcharía por el llano de Metalza hacia Tafersit, se reducirá la cabila de Beni Ulixek, aislando a la de Beni Said, obligándola a la rendición.
En una segunda fase se trataría de ocupar la margen derecha del río Nekor para pasar seguidamente a la playa de Alhucenas.
La correspondencia e instrucciones cursadas para la aprobación y puesta en práctica del plan entre el Alto Comisario el Ministro del Estado, y el General Silvestre reflejaban optimismo y una cierta cautela, ante la extensión de las operaciones.
El Gobierno, confiaba plenamente en la resolución y arrojo del General Silvestre que obtenía así la dirección estratégica de una campaña que nacía con una descoordinación entre ambas zonas del Protectorado cuando menos peligrosa.
Asimismo era notable la falta de una conducción estratégica única para todo el Teatro de la guerra, cada zona actuaba independientemente y sin recibir desde el Ministerio de la guerra las necesarias directrices. El General Silvestre parecía el hombre adecuado para poner fin a una guerra impopular y políticamente muy costosa, y en el se depositó una enorme confianza dándosele gran libertad de acción.
Poco a poco el frente fue extendiéndose, produciéndose un alargamiento muy peligroso de las vías de comunicaciones sin consolidar éstas, se ocupó lentamente y sin grandes bajas; Dar Drius, el 15 de Mayo, y Tafersit a finales de Agosto.
Ya en el año 1921, se desembarca el 12 de Enero en Sidi el Hasain, estableciéndose la posición de Afrau, participa en dicha acción el cañonero Lauria, a bordo del cual iba el Comandante General dirigiendo la operación.
El 15 de Enero se ocupa el punto que habría de dar nombre a todos los sucesos posteriores Annual.
Nada parecía detener al general, algunos de sus subordinados comenzaban a inquietarse, eran visibles ya las manifiestas muestras de hostilidad de los rifeños, la inmensa superficie ocupada sólo era cubierta por posiciones aisladas, alejadas entre si, no existían carreteras, la logística era un auténtico desastre, pero las prudentes advertencias de algunos, nada cambiaron.
El 12 de Marzo se conquistó Sidri-Dris en la desembocadura del río Amekran. En aquella primavera del año 1921, comienzan a llegar noticias sobre el trabajo que un hombre oscuro y meticuloso llevaba a cabo entre la cabila más reacia a la sumisión: Beni Urriaguel, cerca de Axdir, su padre curiosamente era un pensionista del Gobierno Español, es decir un notable cuya amistad y ayuda nos granjeábamos por dinero. Su hermano estudió, ingeniero de minas en Madrid y el marchó a Fez donde se graduó en derecho musulmán. En 1909 aparece en Melilla, siendo apreciado por los españoles, ocupaba el puesto de juez, en cuestiones procesales para indígenas, más tarde llegó a ser Kadí Kodát (juez de jueces) cargo supremo en dicha jurisdicción. Llegó a ser redactor fijo del Telegrama del Rif, compartiendo ambos trabajos con clases de árabe y sus trabajos en la oficina de asuntos indígenas. Partidario de la causa alemana, en la primera guerra mundial, a petición de los franceses, fue encarcelado en el fuerte de Rostrogordo. Intentó la fuga rompiéndose una pierna y su negativa a ser curado, le produjo una leve cojera de por vida. Estos hechos alimentaron el odio hacia los españoles. En 1919 abandona Melilla y combinando hábilmente su gran preparación con la eliminación de otros cabecillas se convierte en jefe absoluto de la harca rifeña, extendiendo lentamente la insurrección a otros cabilas.
Desde Annual sale el 1 de Junio, una columna para conquistar el Monte Abarrán. Al igual que muchas otras posiciones, se ocupó a petición de algunos jefes rifeños supuestamente leales, temerosos de las represalias de los cabilas aún no sometidas. Esta sumisión de la táctica a la política local tendría después nefastas consecuencias. En Abarrán quedaron una compañía de Regulares, una cía de policía, una batería de Montaña y una estación óptica.
A las trece horas del mismo día era atacada la posición y ocupada por el enemigo, la deserción en masa de las tropas indígenas ocasionó este desgraciado hecho que provocó sorpresa en la opinión pública y gran irritación al General Silvestre. El Capitán Salafranca y el Teniente Flomesta, fueron condecorados a título póstumo con la Cruz Laureada de San Fernando, por la heroica defensa de Abarrán.
El General Berenguer en su libro "Campañas del Rif y Yebala" 1921-1922 (pág 34) dice: "lo de Abarrán fue una sorpresa, un exceso de confianza, pero no indicio de lo ocurrido después, que dependió más que del enemigo, de errores locales, de táctica de apreciación cometidos por el Mando".
El enemigo empezó a pensar que había llegado su hora, la hora de demostrar el viejo lema de que toda operación tácticamente deseable debe ser logísticamente posible. Nuestras grandes debilidades eran claro está, fundamentalmente logísticas, tanto de personal como de material. La tropa española, carecía de instrucción y su moral era muy baja.
La impopularidad que provocaban las bajas sufridas en la guerra de Africa, hacia que nuestros soldados se mantuviesen apartados del frente, el peso de la lucha recaía sobre las tropas indígenas; regulares y policiía. La extracción social de los soldados era muy baja, un sistema de reclutamiento injusto y clasista permitía comprar con dinero las denominadas cuotas que permitían elegir destino y no ir destinado a Marruecos. Los soldados carecían de instrucción, algunos no habían disparado apenas, y su frágil moral disminuía con la fragmentación de las unidades y el terrible calor.
La situación del material era igual de mala, o incluso peor, apenas había camiones, en toda la Comandancia de Melilla existían tres ambulancias, el armamento era anticuado y en pésimo estado, no se disponía de aljibes, todo el peso del transporte recaía en animales. Todos estos graves defectos sólo brevemente apuntados, unidos a un terreno muy abrupto, sin carreteras ni caminos, combinados con un enemigo duro y correoso, acostumbrado al clima y motivado por un carácter aguerrido y la promesa del botín y la venganza, se combinaron para destrozar literalmente a las tropas españolas.
El siguiente acto de la tragedia comienza el 2 de Junio, con el ataque a Sidi Dris, en donde sus defensores al mando del Comandante Benitez resisten heróicamente un ataque de 26 horas. La dotación del cañonero Laya cooperó a esta defensa, desembarcando para reforzar la posición el Alférez de Navío Pérez Guzman, con un suboficial artillero y catorce marineros con dos ametralladoras.
El revés sufrido ante Sidi-Dris hizo a los rifeños más prudentes. El 7 de Junio se ocupa Igueriben. Esta posición presentaba un gran inconveniente: la falta de agua. Su debilidad táctica se acentuó con un error grave, no se ocupó una loma próxima que le dominaba, la loma de Sidi Dorahin o de los árboles. Aunque dominada por el fuego de la Artillería, excusa dada para no ocuparla, se trataba de un punto crítico, si los rifeños se establecían allí dominarían Igueriben, hostilizando la ayuda entre Annual y esta posición y amenazando la propia posición principal de las tropas españolas en Annual.
El 17 de Julio comenzó la ofensiva de Abd el Krim, con fuerte presión sobre Igueriben, utilizando los cañones capturados en Abarrán. El mismo 17 todavía llega un convoy a Igueriben, destacándose en la protección del mismo el Capitán de Caballería Cebollino Von Lindeman, obteniendo la Cruz Laureada de San Fernando.
Sorprendentemente el General Sivestre, aún, no era consciente del peligro extremo a que se enfrentaba. El 18 en telegrama al Alto Comisario solicita autorización para castigar duramente las intentonas de la harca.
El 18 aumentó la presión enemiga, el 19 la columna de socorro con la imprescindible ayuda es rechazada. Igueriben queda aislada, las tentativas posteriores fracasarán igualmente.
El día 21 sucumbe Igueriben, resultando muertos o desaparecidos todos los oficiales, excepto uno, que herido fue hecho prisionero y liberado 18 meses después, y 211 de Tropa de un total de 247. El Comandante Benitez por su destacadísima y singular actuación fue condecorado a título póstumo con la cruz laureada de San Fernando.
El General Silvestre fue testigo presencial de la caída de Igueriben desde el parapeto de Annual, a donde había llegado en la mañana del 21 de Julio. El nerviosismo iba en aumento, se realizaron urgentes peticiones para que la Escuadra bombardease posiciones enemigas en la costa y para que se enviasen refuerzos. Pronto se descubrió con horror que no había posibles refuerzos, el General Silvestre había adelantado todas sus fuerzas, imprudencia cuyas consecuencias resultarían trágicas muy pronto.
Desde el alba del día 22 Annual comienza a ser hostilizado. Se celebran dos consejos de guerra para decidir ante el dilema; resistir en Annual o evacuar la posición.
Aunque inicialmente se decidió resistir, al final se decidió la evacuación. Una retirada bajo presión, es posiblemente la más difícil maniobra táctica, y requiere una enorme disciplina, sacrificio, serenidad y un mando firme y decidido.
La evacuación comenzó en un impresionante desorden, el pánico se apoderó de la tropa y dió lugar a una huida generalizada.
Dicha evacuación según se cita en el expediente gubernativo que en calidad de juez elaboró el General Picaso sobre los sucesos ocurridos en la Comandancia General de Melilla en Julio de 1921: no obedecía al método de reglas elementales de toda retirada.
La ausencia de órdenes llevó al pánico, el pánico a la huida, y ésta al exterminio. Pocas unidades conservarán la cohesión, entre todas merece destacarse el heróico arrojo y valentía del Regimiento de Alcántara, cargando una y otra vez para defender la columna, resultando aniquilado dicho Regimiento, a su mando un hombre ejemplar, el Teniente Coronel de Caballería Fernando Primo de Rivera y Orbaneja, que obtuvo la Cruz Laureada de San Fernando por esta acción.
En Dar Drius se recogieron los restos desbaratados de Annual y otras posiciones que se sumaban a la columna, allí terminó el General Navarro segundo protagonista de esta tragedia. Poco se sabe de la muerte del General Fernández Silvestre, permaneció en Annual deambulando en medio del caos, donde murió, hecho confirmado por su propio hijo, teniente de la policía indígena al General Navarro. De Dar-Drius a Batel y de aquí a Monte Arruit la retirada continuó, en medio de una espantosa carnicería. Las noticias del desastre, llevaron a la insurrección general a los cabilas existentes entre Annual y Monte Arruit.
El 29 de Julio llega la columna a Monte Arruit, un total de 3.017 hombres, quedando inmediatamente sitiado por numerosas fuerzas rifeñas. Por su destacada actuación en dicha retirada se concedió la laureada de San Fernando a título póstumo al Capitán de Ingenieros Felix Arenas Gaspas.
El día 30 es herido el abnegado Teniente Coronel Primo de Rivera, que murió cinco días más tarde.
El 9 de Agosto extenuada la fuerza y tras una heróica resistencia, tras ser autorizado por el Alto Mando, capituló Monte Arruit. Ignorando lo pactado, los rifeños asesinaron, sistemática y salvajemente a todos los defensores, salvo el General Navarro y algunos oficiales.
Cuando meses más tarde fue liberado de nuevo Monte Arruit se procedió según telegrama del General Cabanellas al enterramiento de 2.604 cadáveres.
Todas las posiciones restantes sucumbieron, aunque la mayoría con fuerte resistencia. Se intentó salvar a las guarniciones de Sidi-Dris y Afrau por mar.
En Sidi-Dris encontró heróica muerte el Alférez de Navío Lazaga. Ambas posiciones cayeron, algunos hombres consiguieron llegar a los botes que enviaron el crucero Princesa de Asturias, y los cañoneros Lauria y Laya. El Comandante Velázquez en Sidi-Dris y el soldado Mariano García Martín en Afrau, recibieron a título póstumo la Cruz Laureada de San Fernando. También se inició el juicio contradictorio para la concesión de la máxima condecoración al citado Alférez de Navío Lazaga.
Cayó Nadar, cayó Zeluan, todo el campo exterior quedó a merced del enemigo, numerosos actos de heroísmo quedaron desconocidos, otros recibieron su justa recompensa, dos nuevas Laureadas se otorgaron en estos hechos, Capitán de Infantería Enrique Amador Arias y un soldado de la Aviación Militar Francisco
Martínez Puche, ambas a título póstumo.
Melilla quedó indefensa, se salvó trayendo refuerzos de Ceuta.
La magnitud del Desastre, conmocionó a toda España. La opinión pública quedó consternada y el Gobierno hundido. ¿Cómo pudo pasar?. No resulta sencillo de explicar, pero sin duda la clave fue el derrumbe moral. Las grandes batallas de la historia militar, que acabaron en grandes matanzas, hasta la aparición de las armas de destrucción masiva siempre han sido fruto del colapso moral, del pánico y de la huída. Annual permanecerá siempre en nuestra historia militar como el símbolo hiriente de todos nuestros males: la falta de previsión, la falta de organización, la falta de liderazgo, y una arrogancia temeraria, ocasionarán la quiebra moral de nuestras fuerzas. En definitiva, un episodio triste, pero que jamás debemos olvidar, ya que: "aquellos que olvidan la historia están condenados a repetirla











EL MOTÍN DE ESQUILACHE


os últimos días de Isabel de Farnesio madre de Carlos III y
esposa de Felipe V, se vieron amargados por el motín de Esquilache. Las esperanzas surgidas al comienzo del reinado de Carlos III habían ido desvaneciéndose y el descontento crecía a medida que pasaban los años. A los problemas estructurales del Antiguo Régimen, como eran las crisis de subsistencias, se sumaron las resistencias de los grupos afectados por la oleada reformista. En poco tiempo se habían introducido muchos cambios que no habían sido bien asimilados por el conjunto de la sociedad. La voz popular culpaba al gobierno y muy especialmente al ministro italiano, a Esquilache, de los problemas existentes. la opinión pública lo veía como un extranjero que se había enriquecido a costa del pueblo español. Criticaban su afición al lujo, su codicia y su ambición de poder. El problema de fondo eran las crisis de subsistencias, una amenaza continua que desde 1760 parecía haberse agudizado.682 En 1765 las medidas liberalizadoras tomadas por el gobierno, con la abolición de la tasa de granos, en lugar de mejorar la situación contribuyeron a empeorarla todavía más. Se produjo un gran encarecimiento de los productos de primera necesidad. En Madrid el precio del pan casi se había doblado de 1760 a 1766. Lo mismo había sucedido con otros artículos básicos. El hambre amenazaba y los precios se dispararon. Incluso disposiciones destinadas a mejorar la vida cotidiana de los madrileños, como la limpieza y el alumbrado público, acabaron por crear descontento. Los propietarios repercutieron los costos sobre los alquileres y se encareció la vivienda, y los faroles hicieron del aceite y de las velas de sebo, necesarios para la iluminación, productos muy caros.

En diciembre la situación era ya muy crítica. Muy interesante resulta el testimonio del embajador británico, que una vez más pone de manifiesto el agudo olfato político de doña Isabel, siempre atenta a cualquier indicio de descontento popular y dispuesta a aconsejar asu hijo: «Como el precio del pan se ha elevado considerablemente, se han dejado oír grandes clamores por parte del pueblo de Madrid; y el día que la corte regresó aquí (desde El Escorial), la multitud se arremolinó en torno al carruaje de la reina, con gritos de que estaba hambrienta. Su Majestad comunicó esto al rey al día siguiente y este envió a buscar a Esquilache, reprochándole que en cierta medida erala causa de ese disturbio; y me ha comunicado alguien que escuchó la conversación que Esquilache replicó que era imposible conciliarla guerra con los ahorros que exigía la situación económica. . .».
En esas adversas circunstancias el gobierno adoptó muy inoportunamente otra medida que acabaría de desencadenar el conflicto. El10 de marzo de 1766, se reformó el vestido popular, prohibiendo la capa larga y el sombrero de ala ancha, que fueron sustituidos por la capa corta y el sombrero de tres picos. El motivo era asegurar el orden público, con frecuencia burlado por delincuentes que amparándose en el anonimato del embozo tradicional escapaban de la justicia.
Además la orden se aplicó con excesivo rigor y originó algunos incidentes. Creció la tensión y se agudizó la guerra de pasquines que alentaban a la subversión. El pueblo de Madrid se movilizaría al grito de «¡Viva el sombrero redondo! ¡Viva España!». El motín se inició en Madrid el 23 de marzo de 1766,Domingo de Ramos. Un incidente entre unos embozados y algunos soldados, en la plaza de Antón Martín, desencadenó los alborotos. un grupo numeroso se dirigió hacia la residencia de Esquilache, la Casa de las Siete Chimeneas, y la saqueó, salvándose el ministro del ataque por hallarse ausente.
Otros se dedicaron a destrozar a pedradas los faroles de Sabattini. Muchos se congregaron frente al palacio real I solicitando hacer presentes al rey sus quejas y peticiones. El duque de Arcos, jefe de la guardia de corps, prometió que el monarca les atendería y logró que se dispersara la multitud.
Sin embargo el problema, lejos de solucionarse, se reprodujo con mayor violencia. El lunes día 24, volvió la multitud a reunirse ante" el nuevo palacio real y se encontró frente a frente con la guardia valona. Se produjo entonces una refriega en la que hubo víctimas por ambas partes. Ante el peligroso cariz de los acontecimientos el rey reunió a sus consejeros para decidir el modo de actuar. Las opiniones eran contrapuestas. Unos se inclinaban por el castigo, mientras que otros se declaraban en contra de utilizar la fuerza tanto por razones de humanidad como de justicia, pues consideraban que algunas de las peticiones populares eran justas. Para establecer una comunicación entre los amotinados y el gobierno fue elegido como portavoz popular un predicador, el padre Cuenca, a quien se encargó llevar a palacio las reclamaciones, centradas en los siguientes puntos:
destierro de Esquilache, ministros españoles en el gobierno, disolución de la guardia valona, rebaja de los comestibles, supresión de la Junta de Abastos, acuartelamiento del ejército, anulación del decreto sobre capas y sombreros, y garantía personal del rey. El fraile cumplió su misión y regresó asegurando que Carlos III accedía a todas las peticiones. Inmediatamente unos alguaciles comenzaron a fijar carteles que anunciaban el abaratamiento del pan y otros víveres.
Los amotinados, muy recelosos, reclamaban la presencia del monarca, y don Carlos no tuvo más remedio que ceder a lo que consideraba una humillación. Salió al balcón y dio su asentimiento a las peticiones.
Carlos III, monarca absoluto e ilustrado, convencido de su dignidad real y de su papel de padre de su pueblo, que desde su punto de vista le debía amor, respeto y fidelidad, jamás olvidaría ese momento.
Mª Ángeles Pérez Samper

Reclutas Españoles en el Ejército Británico 1812 - 1813


Por Robert BurnhamTraducido por José A.Aded – Junio 2001
“ Nunca vi soldados mejores, más disciplinados, y absolutamente sobrios en mi vida, y como exploradores, el viejo Húsar alemán no los excedió ".
Sir Harry Smith, del 95º de Rifles.
Uno de los episodios menos conocidos de la Guerra Peninsular fue el reclutamiento activo de españoles en el Ejército británico en 1812 y 1813. Durante años el británico miró con desprecio a sus colegas españoles y para la mayoría de los oficiales, era inconcebible tenerlos en sus regimientos. Hacia 1811, el Duque de Wellington se opuso a la idea. Esta actitud negativa fue arrastrada hasta el siglo XX y ni el Señor Charles Oman, en su trabajo definitivo de la Guerra Peninsular, ni John Fortescue, en su monumental estudio del Ejército Británico, mencionan su reclutamiento. Pero ellos fueron alistados; y en algunos casos, casi el 35% de los reclutas de las unidades en 1812 eran españoles. La mayor parte de las veces sirvieron honorablemente.
La primera pregunta que debe hacerse dado el extendido desprecio hacia las habilidades combativas del español por el cuerpo de oficiales británicos es: ¿ que circunstancias los llevaron reclutarlos en sus regimientos ?. Era una cuestión de números. Los británicos no tenían ningún sistema de alistamiento y confiaban en los voluntarios para completar las filas de sus regimientos. En 1811, el Ejército Británico que servia en Ultramar tenía 21,000 bajas. Mientras que esta cantidad es pequeña comparada con las bajas del ejercito Francés, Ruso, o Austríaco en 1805, 1807, o 1809, provocó una grave crisis en el sistema militar británico. En 1811, el Ejército Británico sólo había reclutado a 26,000 hombres para reemplazar a las 21,000 bajas, además de TODOS los regimientos en el servicio activo, no sólo aquéllos que servían en España y Portugal. ¡Dicho de otro modo, simplemente, el Ejército Británico estaba al limite de efectivos!.
La situación en los primeros cuatro meses de 1812 puso en grave crisis al sistema militar británico. Aunque Wellington obtuvo dos victorias notables en los sitios de Ciudad Rodrigo y Badajoz, tuvo un alto coste. Durante los dos sitios, el británico perdió casi 4,000 de sus propios hombres sin incluir las bajas portuguesas. ¡Esto estaba por encima de un 10% de los soldados británicos de Wellington antes de que combatieran en una batalla contra los principales ejércitos franceses! Algunas de las unidades de primer orden del ejército formaron parte de las tremendas pérdidas y no había ningún reemplazo a la vista. Las dos divisiones de primer orden del Ejército, la División Ligera y la " Fighting " 3ª División, fueron particularmente afectadas. El 1/88 Regimiento ( Connaught Rangers) había perdido el 25% de sus hombres y 14 de 24 oficiales en los dos sitios. Los 1/95 Rifles estaban en peor forma. Su fuerza era aproximadamente al principio de 1812 de 700 hombres y oficiales. Cuando Badajoz fue capturado el 1/95 tenía 16 oficiales y 198 soldados muertos o heridos; ¡alrededor de un 30% de bajas!. En los datos anteriores, claro está, sólo cuentan las bajas en combate. ¡Si 1812 iba a ser como 1811, Wellington debía de estar preocupado!. ¡Hacia el Otoño de 1811, el Ejército Británico tenía hospitalizado casi 17000 individuos o el 45% de las tropas!.
Ni siquiera Wellington podía esperar refuerzos. Había menos de 30000 soldados regulares en las Islas Británicas. Muchos de los batallones eran los depósitos para sus batallones hermanos y eran la matriz para proporcionar los reemplazos, ninguna unidad estaba completa. La Guerra con los Estados Unidos se estaba tejiendo en el horizonte y en Julio, la Gran Bretaña estaba luchando con sus anteriores colonias una vez más. Esto acabó con cualquier esperanza de mayores refuerzos para Wellington. ¡En 1812, el Ejército Británico en la Península se reforzó con sólo 3 regimientos de Caballería, una batería de Artillería, y un batallón de Infantería!. Este batallón de infantería sin embargo, fue considerado tan incapaz para el servicio activo, que se envió a Gibraltar para adiestrarlo para el combate.
Se cierra un trato.
Wellington comprendió que tendría que buscar las tropas en otra parte. Cuando se le propuso a principios de 1811, estaba firmemente opuesto, pero a mediados de 1812 no tenía ninguna elección. Según William Napier, se alcanzó un acuerdo a cambio de una concesión de un millón en moneda, junto con armas y uniformes para cien mil hombres, a cambio de que cinco mil españoles serían alistados en las filas británicas". El 18 de Mayo de 1812, Wellington envió la siguiente carta a todos sus comandantes divisionarios: El Gobierno español se ha complacido en permitir que un número limitado de súbditos de España sirvan a Su Majestad en los regimientos británicos que componen este ejército, le ruego que autorice a los regimientos nombrados en el margen alistar y afectar en su fuerza 100 voluntarios españoles, con las siguientes condiciones:
Primero: Los hombres no deben ser menores de cinco pies y seis pulgadas de altura, de fuerte constitución, y no menores de diecinueve años mayor de edad, ni mayores de veintisiete.
Segundo: Se les inscribirá del siguiente modo por el comandante del regimiento para servir durante la guerra presente; pero en caso de que el regimiento en que ellos estén alistados deba salir de la Península los voluntarios españoles serán licenciados, y cada uno de ellos recibirá un mes paga completa para llevarla a su casa.
Modo de inscripción.
Yo, A.B. juro que serviré a Su Majestad el Rey de Gran Bretaña e Irlanda, en el ... batallón del ... regimiento de infantería, durante la guerra existente en la Península, si Su Majestad debe requerir mucho tiempo mis servicios, y con tal de que el ... batallón del ... regimiento continúe en la Península durante dicho periodo.
En tercer lugar: Se les permitirá asistir a los servicios Divinos según los principios de la Religión Católica Romana, del mismo modo que los soldados británicos, en los asuntos de Su Majestad.
Cuarto: serán alimentados, vestidos, y pagados del mismo modo que los otros soldados; y serán destinados a las compañías sin discriminación, como cualquier otro recluta. Quinto: Recibirán la paga desde la fecha de su inscripción, pero sin generosidad. El capitán de la compañía a la que cualquiera de estos voluntarios se destine, proveerá de ocho dólares a cada uno con los requisitos de que debe comprarse una mochila, dos pares de zapatos, y dos camisas. El oficial al mando de la compañía debe contabilizar el resto de la suma después de comprar estos artículos de la misma manera, en cuanto a su paga. Los zapatos pueden recibirse en la proporción usual del comisariado. Le pido que ordene a los comandantes de los regimientos, el deseo de que estos voluntarios deben tratarse con suma bondad e indulgencia, frente los grados del sistema de disciplina del ejército. Es de destacar en esta carta que los regimientos fueron autorizados para alistar a españoles, y que las unidades anotadas en los márgenes no se mencionan en los Despachos de Wellington. Sin embargo en una carta a su hermano, Sir Henry Wellesley, del 27 de Mayo de 1812, declara: "... el Gobierno de España ha señalado al Mariscal de Campo Don Miguel Álava su consentimiento en los asuntos de Su Majestad Católica, al poder permitir alistar a un número de 5000 hombres en el ejército de Su Majestad que sirve en la Península . Incluyo la copia de circular que he escrito a los Oficiales Generales de división para permitir a los regimientos de sus varias divisiones alistarse a los súbditos de Su Majestad Católica, y especificando las condiciones en que el alistamiento será hecho. Puedes observar que esta carta mantiene alistados a 4100 hombres que son todos los que he pensado apropiado permitir al día de hoy; y no he permitido a los regimientos extranjeros en el servicio británico alistar a cualquier español ". ( Kings German Legión, Brunswick Oels y Cazadores Británicos ). De esto se deduce que Wellington autorizó a cada regimiento Británico de linea que servia en su ejercito a reclutar alrededor de 100 españoles. En aquel momento, un regimiento británico que normalmente estaba en servicio activo consistía en un solo batallón. Había 41 batallones de linea en las ocho divisiones de su ejército. Desgraciadamente no declara por qué prohibió reclutar a los regimientos extranjeros. ( Kings German Legión, Brunswick Oels y Cazadores Británicos )
Se envian Bandos de Reclutamiento.
Es difícil determinar cómo la carta de Wellington a sus comandantes de división fue recibida por los regimientos, algunos de los oficiales y hombres en sus memorias , diarios, y cartas, mencionan a los reclutas españoles y si realmente sirvieron los bandos de reclutamiento. William Surtees, del 2 Batallón 95 Rifles, informó: Me enviaron " en compañía de otro oficial a las montañas de Gata, no lejos de la ciudad de Plasencia. No tuvimos éxito, aunque obtuvimos los nombres de algunos que prometieron que nos seguirían a La Encina, ninguno hizo su aparición ". William Napier, del 43 Regimiento que era inicialmente muy optimista sobre el reclutamiento escribió en una carta a su esposa el 3 de Junio de 1812 : " Este plan de alistar a los españoles pienso que falla, por lo menos en principio; los hombres jóvenes ya han sido arrebatados, y las personas que se ofrecen son muy pocas y la mayor parte incapaces. Se vuelve un asunto muy doloroso; si nos negamos , su respuesta es que deben ir y morir, para eso tienen energía suficiente, para llevarlos con nosotros, muchos que no han comido desde hace varios días justifican sus palabras con su apariencia . Somos demasiado optimistas en nuestra elección, queremos a los hombres más altos que crecen en el país; por mi parte, tomaría a las mujeres más pronto que a ninguno, cuando pienso que el tiempo es demasiado corto para ser exigente ". Edward Costello, del 1 Batallón del 95º Rifles, era un poco más afortunado: " Nuestros regimientos, por la constante refriega con el francés menguaron en demasía, los reclutas de Inglaterra vinieron muy despacio, hasta que nosotros encontráramos necesario por fin incorporar algunos españoles; para este propósito se enviaron varios oficiales no comisionados y hombres para reclutar en los pueblos adyacentes. En el curso de un corto periodo de tiempo , y para nuestra sorpresa, conseguimos un número suficiente de españoles para dar diez o doce hombres a cada compañía en el batallón. ¡Pero el misterio se desvelo enseguida, y por los mismos reclutas , quiénes al unírsenos nos dieron a entender, por una torcedura significante del cuello, y un ' Carajo' ( así como forzados ), que ellos tenían tres alternativas para escoger: entrar al servicio británico, al servicio de Don Julian, o ser ahorcados!. El dominio despótico de Sánchez, y su trato amenazante, era tan disconexa su inclinación para con los Guerrilleros que huyeron apresuradamente a sus bosques autóctonos bajo el miedo de ser capturados y alegremente se unieron a los regimientos británicos. “ A principios de Julio de 1812, Wellington estaba listo admitir la derrota en el proyecto y escribió el 7 de Julio al edecán del Príncipe Regente, Coronel Henry Torrens: " El hecho es, que lo adopté porque no podía adoptarse ninguna otra elección; y sospeché lo que ha resultado ser el caso, que conseguiremos algún que otro recluta. No hemos conseguido bastantes para formar una compañía entera del ejercito; y siento añadir que algunos han abandonado ". Wellington puede haber sido prematuro en su pesimismo. George Hennell, del 43 Regimiento, escribió a su casa el 19 de Septiembre de 1812 , que su regimiento tenía 12 españoles. A finales del año los 95 Rifles habían reclutado a 46 españoles en su 1er Batallón, ninguno en su 2º Batallón ( la unidad de William Surtee ), y 9 en el 3er Batallón. ¡Los reclutas españoles comprendían el 1er Batallón el 34% de todos los reemplazos en 1812!. Las cosas se presentaron bien en 1813 para los Rifles. Willoughby Verner, en su Historia de la Brigada de fusileros, informa que cuando la campaña empezó en mayo de 1813 el Regimiento tenía " 134 reclutas unidos ( principalmente los españoles ) ". Edward Costello informó en 1814, que 16 españoles habían servido en su compañía, pero sólo 5 habían sobrevivido a la guerra.
Su Actuación como Soldados.
Muy pocos registros oficiales de testigos oculares sobreviven detallando la actuación de estos soldados españoles. Debe de haber sido bastante buena, ya que muchos fueron promovidos a cabos. Sir Harry Smith, del 1er Batallón del 95 Rifles, les dio siguiente elogiosa alabanza : " Nosotros también teníamos diez hombres en una Compañía de nuestro regimientos británico, los españoles, muchos de ellos los más atrevidos de los buenos tiradores de nuestro cuerpo, noblemente recobraron la distinción añadida al nombre de Infantería Española del tiempo de Carlos V. “ Nunca vi soldados mejores, más disciplinados, y absolutamente sobrios en mi vida, y como exploradores, el viejo Húsar alemán no los excedió ". El Sargento Edward Costello, del 1er Batallón del 95 de Rifles, dejó la siguiente descripción de uno de los españoles de su compañía: "...teníamos varios españoles en nuestro regimiento. Estos hombres eran generalmente valientes; pero uno en particular, el nombrado Blanco, era uno de los mas atrevidos y expertos tiradores que teníamos en el batallón. Su gran valor, sin embargo, estaba manchado por un amor por la crueldad hacia los franceses que detestaba, y nunca nombró sino con las expresiones más feroces. En cada misión que teníamos desde que avanzamos desde Portugal él siempre estaba en el frente; y la maravilla es cómo escapaba del tiro del enemigo, su actividad singular e inteligencia frecuentemente lo salvó. Su odio al Francés era, creo, ocasionado por su padre y hermano que eran campesinos que habían sido asesinados por un forrajeador francés. Desde este día dio muchas pruebas horribles de este sentimiento apuñalando implacablemente y golpeando con la culata de su fusil al francés herido que él vino a el. Esta matanza en la que estaba, sin embargo, fue detenida por un veterano de nuestro regimiento que, aunque padeciendo una herida severa en la cara, se exasperó así a la crueldad del español, que lo derribó con un golpe del extremo de su rifle. Sólo por la fuerza podíamos impedirle al español la mancilla de apuñalarlo.”
Los españoles se licencian.
Uno de las condiciones del servicio era que una vez la guerra en la Península había terminado, todos los soldados españoles que sirvieran en los regimientos británicos se licenciarían y no se les exigiría servir en otra parte. Existe la pregunta de que si esto ocurrió a finales de 1813 cuando las fuerzas aliadas pasaron a Francia, o en 1814 después de que paz se declaró y el Ejército británico partió para las Islas Británicas u otros lugares. Cualquiera que fuera la fecha, los españoles fueron licenciados y por lo menos en el 95 Rifles, su separación no fue una feliz para ningún lado. Una vez más Sargento Costello registra lo que pasó:
" En pocos días [ 31 de Mayo de 1814 ] , recibimos un auto para proseguir a Burdeos, y embarcar para Inglaterra. Pueden imaginarse bien los grandes sentimientos de alegría que esto indujo a nuestros hombres, después de todas sus penalidades y sufrimientos, ya descritas. El segundo día de marcha nos detuvimos en un pueblo [ Bazas, 11 junio ], nombre del cual me olvido, dónde teníamos que separarnos de nuestros aliados españoles y portugueses. Un sentimiento de profundo de pesar, se sentía particularmente en los hombres de nuestro batallón al partir los españoles que habían estado tan largo periodo de tiempo incorporados en nuestras filas. Habían sido distinguidos por su gallardía, y aunque se habían destacado dieciséis en nuestra compañía, sólo cinco habían sobrevivido para ofrecernos el adiós. ¡Los compañeros pobres, ellos habían crecido adjuntos al batallón, y expresaron mucho pesar en salir! Incluso Blanco, el Blanco sanguinario, vertió lágrimas realmente “.
Conclusión
Se cierra una historia poco conocida de las Guerras napoleónicas. El número de españoles que sirvieron en el Ejército Británico en la Península probablemente no se conocerá nunca. William Napier, en su Historia de la Guerra de la Península establece que no sirvieron más de 300 y principalmente en la División Ligera. Todas las evidencias apoyan su afirmación. Aquéllos que sirvieron, era n nombrados por sus colegas británicos por su firmeza, valor, y devoción al deber. ¡No por los rasgos malos de cualquier soldado! Colaboradores: Este artículo demuestra la eficacia de Internet y como puede ser una herramienta de investigación. Estuve primero interesado por los reclutas españoles cuando estaba leyendo la Historia de Verner de la Brigada de Rifles y me encontré con una sección que trata de los reemplazos durante el año 1812. Allí menciona que los Rifles tenían éxito reclutando españoles. Esto chispeó mi curiosidad y anuncié la pregunta en el Foro de Historia de NapoleonSeries.org. Varios lectores proporcionaron las pistas de la investigación e incluso hicieron alguna investigación para mí. Me gustaría agradecer su ayuda a : Howie Muir, y Dean Carpenter. Debo dar gracias especiales a Rory Muir por apuntarme la dirección de Napier y Costello; ¡ y a Ron McGuigan que gastó muchas horas rastreando las referencias oscuras para mí y las visiones inestimables en los problemas de encontrar los reemplazos del ejército de Wellington !
BibliografíaBruce, H.A. Life of General Sir William Napier Londres: John Murray; 1864.Costello, Edward. The Peninsular and Waterloo Campaigns Hamden: Archon Books; 1968.Fortescue, John. A history of the British Army Londres: MacMillan & la Cía.; 1920. Volúmenes VIII & IX.Glover, Michael (Editor). A Gentleman Volunteer: The Letters of George Hennell from the Peninsular War, 1812 - 13 Londres: Heinemann; 1979.Grattan, William. Adventures with the de Connaught Rangers, 1809 - 1814 Londres: Greenhill Books; 1989.Gurwood, John (Editor). The Dispatches of Field Marshall the Duke of Wellington 1799 - 1818 1834 - 1839.Napier, William F. History of the war in the Península and in the South of France: from the year 1807 to the year 1814 V del Vol.; Londres: Constable; 1993.Omán, Charles. A History of de Peninsular War Nueva York: AMS Press; 1980.Omán, Charles. Wellington´s Army, 1809 - 1814 Londres: Greenhill Books; 1986.Page, Julia. Intelligence Officer in the Peninsula: Letters& Diairies of Major the Hon. Edward Charles Cocks 1786 - 1812 Nueva York: Hippocrene Books; 1986.Smith, G.C. Moore (Editor). The Autobiography of Sir Harry Smith: 1787 - 1819 Londres: John Murray; 1910.Surtees, William. Twenty-Five years in the Rifle Brigade London: Greenhill Books; 1996.Verner, Willoughby. The History and Campaigns of the Rifle Brigade: 1800 - 1813 Londres: Buckland and Brown; 1905.Wellington, Duke of . Suplementary Dispatches , Correspondance, and Memoranda of Field Marshal the Duke of Wellington Londres: John Murray; 1858 - 1872.

CAMPAÑAS DE LA INFANTERÍA DE MARINA ESPAÑOLA

"El rey Alfonso XIII por real orden de 17 de febrero de 1926 dio las gracias a los jefes, oficiales, clases e individuos de tropa del Batallón expedicionario de Infantería de Marina de San Fernando, por su meritísima conducta y brillante actuación en la campaña de Alhucemas. El 10 de septiembre de 1925 había desembarcado en la playa de Los Frailes, patentizando los días 14, 19, 20, 21, 23, 25 y 30 de dicho mes, bajo el fuego contrario, su serenidad y bizarría, aún a pesar de sufrir numerosas bajas".

Introducción.
Posiblemente nadie como nuestra Infantería de Marina, la más antigua del mundo y a la que perteneció el insigne escritor Miguel de Cervantes Saavedra, ha tenido desde 1537, año de su creación reconocido por el rey Juan Carlos I por real decreto de 10 de julio de 1978, una vocación tan constante de servicio en el exterior del territorio nacional.
Nápoles, Sicilia, Palermo, Toscana, Burdeos, Túnez, Malta, Pulla, Lepanto, Lisboa, Lombardía, Flandes, Barlovento, Méjico, Brasil, Montevideo, Gibraltar, Orán, La Habana y Larache fueron algunos de sus escenarios en los siglos XVI, XVII y XVIII.
Argelia, Argentina, Filipinas, Cuba, Méjico, Santo Domingo, Conchinchina, Marruecos y Guinea lo serían en el siglo XIX. Nuevamente Guinea y Marruecos volvieron a serlo en el siglo XX y como antecedente de su actual presencia desde 1996 en Bosnia-Herzegovina, cumpliendo una misión internacional de paz, citar que seis décadas antes recibió la orden de prepararse para marchar a Lituania, como mandatarias de la Sociedad de las Naciones, antecesora histórica de la actual ONU, si bien finalmente no fue necesario.
El DIARIO DE CADIZ, desde su fundación en 1867, se convertiría sin duda alguna, al tratarse en la mayor parte de los casos de fuerzas acantonadas en la provincia gaditana, en su más ejemplar cronista.
Las primeras Campañas de Marruecos.
Para encontrar el primer antecedente de la Infantería de Marina por estos territorios hay que remontarse hasta 1689 cuando fuerzas del Tercio de la Armada del mar Océano acudieron en auxilio de Larache.
Posteriormente, con ocasión de la llamada Guerra de Africa declarada el 22 de octubre de 1859, los batallones 4º y 6º de Infantería de Marina fueron designados para unirse a las fuerzas expedicionarias. Sin embargo, el primero, como consecuencia de los acontecimientos vividos en Méjico, no llegó a pisar suelo africano y terminaría zarpando para la isla de Cuba.
En cambio el 6º batallón, bajo el mando del teniente coronel Agustín Burgos Llamas, participaría en los principales hechos de armas de aquella campaña, destacando gloriosamente en la famosa batalla de Uad Ras acontecida el 23 de marzo de 1860. El 7 de agosto del año siguiente regresaría a San Fernando a bordo del vapor "General Alava" con 3 cruces laureadas individuales de San Fernando y 8 ascensos por méritos de guerra.
Dos días antes había sido relevado en Tetuán por el 5º batallón de Infantería de Marina, que regresaría al puerto de Cádiz, en el vapor "Vasco Núñez de Balboa", cuatro meses después.
La Infantería de Marina volvería a aparecer en suelo marroquí en 1890 con motivo del asalto ala importante posición de Ketán. Su presencia también sería requerida con ocasión de los sucesos de Melilla en 1893 y el 2 de noviembre del año siguiente participaría en la heroica defensa de Villa Cisneros.
En 1911, a causa de los nuevos hechos que se producen, se organiza el 1º batallón expedicionario de Infantería de Marina formado por 800 hombres y que bajo el mando del teniente coronel Marcelino Dueñas desembarcaría el 8 de junio en las playas de Larache.
Al mes siguiente recibiría el refuerzo del 2º batallón expedicionario mandado por el teniente coronel Miguel Vázquez de Castro, que les prestaría una eficaz ayuda en las labores de defensa y saneamiento de las plazas de Larache, Alcázar y Arcila. El 14 de diciembre de 1912 se reorganizarían constituyendo el regimiento expedicionario de Infantería de Marina cuyo primer coronel en jefe sería Andrés Sevillano Muñoz.
Desde entonces y hasta su regreso al Departamento de Cádiz en el mes de agosto de 1922, profusamente relatado por el DIARIO DE CADIZ, el regimiento expedicionario de Infantería de Marina, que se disolvería en San Fernando, había participado a lo largo de esos más de diez años de permanencia en tierras africanas, en centenares de combates en los que quedó acreditado una vez más su bizarría y extremado valor.
Un nuevo batallón expedicionario.
En 1924, a raíz de los acontecimientos que se estaban viviendo en Marruecos, volvió a organizarse en San Fernando un nuevo batallón expedicionario con fuerzas de los departamentos de Cádiz, El Ferrol y Cartagena. Formado por cuatro compañías de fusiles, una de ametralladoras y el tren de batallón, totalizaría 782 hombres, 14 caballos y 67 mulos. Sin embargo, tres meses después, al desaparecer las causas que motivaron su creación, fue disuelto si bien todo el armamento y material quedó almacenado en San Fernando.
A partir del 23 de abril volvió a reorganizarse bajo el mando del teniente coronel José de Aubarede Kierulf, dedicando los suplementos del DIARIO DE CADIZ del 29 y 30 de mayo extensas crónicas a su multitudinarias y cariñosas despedidas en San Fernando y el arsenal de La Carraca a bordo del transporte "Almirante Lobo". Sus comandantes eran Carlos Morris Soriano y Enrique de la Huerta Domíngez mientras que los capitanes se llamaban Arias Baltar, Pérez del Río, Luis Guijarro Alcocer y Ambrosio Ristori de la Cuadra.
Entre los múltiples detalles que relataba el corresponsal de San Fernando, destacaban la imposición a todos los miembros del batallón, de escapularios de la Santísima Virgen del Carmen, Patrona de la Isla y de la Marina, donados por las esposas de las autoridades militares del departamento así como que todo el comercio de San Fernando cerró sus puertas para asistir a la despedida de sus infantes de marina.
Nuevamente el suplemento del DIARIO DE CADIZ del 4 de junio relataría su llegada y desembarco, en la tarde anterior, en el puerto de Melilla, en donde fue recibido y arengado por el general José Sanjurjo Sacanell. Las crónicas de los días siguientes informarían al público gaditano de que el batallón expedicionario se asentaba en el destacamento de Dar Drius y que pasaba a formar parte de la harka que mandaba el bilaureado e isleño comandante José Enrique Varela Iglesias.
El desembarco de Alhucemas.
Un inesperado ataque rifeño sufrido el 20 de agosto de 1925 en el peñón español de Alhucemas terminó por motivar que el proyecto de un desembarco en su bahía se tornara firme. Al día siguiente el general jerezano Miguel Primo de Rivera Orbaneja y el general francés Henri Philippe Petain se reunieron en Algeciras y concretaron fechas, etapas y operaciones combinadas. Inicialmente se fijó para el 5 de septiembre si bien debido a diversas causas se retrasó tres días más.
A partir de esa fecha se intensificaron los reconocimientos aéreos y navales de aquella zona. Gracias a ello se localizaron dos lugares adecuados para llevarlo a cabo: la playa de la Cebadilla y las calas del Quemado y Bonita, sitas en la península de Morro Nuevo.
Las fuerzas de desembarco estarían constituidas unos 20.000 hombres divididos en dos columnas, una por cada Comandancia General de Ceuta y Melilla, cuya composición sería similar. La primera lo llevaría a cabo en la playa de la Cebadilla mientras que la segunda lo realizaría sobre la cala del Quemado y cala Bonita. Los franceses debían realizar simultáneamente una acción que ocupara los límites meridionales del Rif además del apoyo directo, aéreo y naval, en la operación de desembarco.
El batallón de Infantería de Marina formaría parte de la columna de Melilla que mandaba el general Emilio Fernández Pérez y que además estaba compuesta por la harka del comandante Varela, dos batallones del infantería del Ejército, tres tabores de infantería de la mehalla, dos banderas de la Legión, tres tabores de infantería de Regulares, tres baterías de artillería, un grupo de zapadores, una compañía de mar y los correspondientes servicios de apoyo y logísticos.
Los convoyes navales españoles de ambas columnas estaban formados por los acorazados "Alfonso XIII"y "Jaime I"; portaaviones "Dédalo"; cruceros "Méndez Núñez", "Blas de Lezo", "Victoria Eugenia" y "Extremadura"; cazatorpedos "Alsedo" y "Velasco"; 6 cañoneros; 11 guardacostas; 6 torpederos; 7 guardacostas; 4 remolcadores; 2 algibes; 24 barcazas de desembarco tipo "K" de las 26 que recientemente se habían comprado a Gran Bretaña así como los transportes "Lázaro", "Aragón", "Navarra", "Sagunto", "Alhambra", "Menorca", "Jorge Juan", "Florida", "Romeu", "Roger de Flor", "Villareal", "Cullera", "Castilla", "Cabañal", "A. Cola", "Hespérides", "Segarra", "V. La Ronda", "V. Ferrer", "Menorquín", "Escolano", "Amorós", "Barceló", "Andalucía", "Jaime II" y el "España nº 5", siendo en este último en el que embarco el batallón expedicionario de Infantería de Marina.
Los franceses colaboraron con 1 acorazado, 2 cruceros, 2 torpederos, 2 monitores y 1 remolcador con un globo de observación cautivo.
El 8 de septiembre iniciaría el desembarco la columna de Ceuta en la playa de la Cebadilla y dos días después en la zona de la cala del Quemado, la de Melilla. A media mañana el batallón expedicionario lo hacía en la playa de los Frailes, cooperando en la conquista de Morro Nuevo y muy singularmente la parte alta del monte Malmusi, sufriendo las primeras bajas: 2 muertos (el capellán José Alonso Abad y el cabo Antonio Yunget) así como más de 30 heridos (entre ellos el propio teniente coronel Aubarede).
Durante todo el mes de septiembre participa en decenas de enfrentamientos contra las kábilas rebeldes de Abd-el Krim, destacando por su dureza los acontecidos los días 14, 19, 20, 21, 23, 25 y 30 de dicho mes, ocupándose sucesivamente Malmusi, el Cuerno de Xauen, Taramara, Bujíbar, monte Cónico y muy especialmente por los infantes de marina las posiciones de la Rocosa y de las Palomas, mereciendo por su bravura la felicitación y el reconocimiento del mando. El DIARIO DE CADIZ fue informando puntualmente a sus lectores de dichas vicisitudes.
Al mes siguiente se ocuparía Adrar-Seddum, el monte Amekrauz y Axdir, centro de la cábila rebelde de Beni-Urriagel y cuna de Abd-el-Krim, responsable de los trágicos sucesos de Annual en el verano de 1921. Pocas semanas después la campaña de Alhucemas se daba por concluida. Sin embargo con ello no concluirían las campañas de Marruecos. El 8 de mayo de 1926, en explotación del éxito de la anterior se iniciaba la última de todas ellas que concluiría victoriosamente el 10 de julio de 1927.
El regreso a San Fernando.
En olor de multitudes y con las autoridades civiles y militares gaditanas al frente, el batallón expedicionario de Infantería de Marina, tras su brillante actuación en la campaña de Alhucemas, desembarcaría el 15 de diciembre de 1925 en La Carraca, disolviéndose oficialmente dos días después. Una vez más gracias a la extensa y detallada crónica del corresponsal de San Fernando publicada el 18 de diciembre en el DIARIO DE CADIZ pueden conocerse perfectamente lo sucedido.
El alcalde de San Fernando, José Vázquez Delgado, dio una recepción especial e invitó al teniente coronel Aubarede a firmar en el libro de honor de la ciudad. A continuación y tras pronunciar un patriótico discurso de bienvenida en presencia de numerosas autoridades civiles y militares, ofreció en el salón de la biblioteca del Almirante Lobo del ayuntamiento, un espléndido vino de honor a los jefes y oficiales del batallón que fue servido por "La Mallorquina".
El DIARIO DE CADIZ.
Si bien existen magníficas obras que tratan desde el rigor histórico y profesional la presencia de nuestra Infantería de Marina en las campañas de Marruecos, como por ejemplo "Diario de operaciones del 2º batallón expedicionario en Yebala" (1921) y "Compendio Historial de la Infantería de Marina" (1927), de Ramón Rodríguez Delgado de Mendoza; "Historia de la Infantería de Marina Española" (1968), de José Enrique Rivas Fabal; "Historia de las Campañas de Marruecos" (1981), del Servicio Histórico Militar o la más reciente de "La Infantería de Marina Española. Historia y Fuentes" (1999), de Hugo O´Donnell y Duque de Estrada, la información que contienen los ejemplares del DIARIO DE CADIZ de aquella época, constituye una preciosa e inapreciable fuente para cualquier historiador, investigador o aficionado de dicho tema.
Agradecimientos.
Por último agradecer la inestimable colaboración de Manuel Ristori Peláez, coronel de Infantería de Marina, y de Juan Torres García, perteneciente a la plantilla del DIARIO DE CADIZ.

miércoles, septiembre 13, 2006

LA HABANA Y CÁDIZ

Dice una canción muy de moda hace pocos años que La Habana es Cádiz con más negritos y Cádiz La Habana con más salero...y hasta qué punto.
Las murallas de La Habana también sufrieron el acoso de los fanfarrones y tenían, por supuesto, su Puerta de Tierra, en la que figuraba la inscripción siguiente:
"Reinando la Majestad católica del Señor Felipe V Rey de las Españas, y siendo Gobernador de esta ciudad, e Ysla de Cuba el Brigradier de los Reales Exercitos D. Gregorio Guazo Calderón Fernández de la Vega, Caballero de la Orden de Santiago. Año 1721."
Sin embargo, en la media luna habanera que protegía dicha puerta, exístia otra inscripción que puede dejar al brigadier Guazo por "pretencioso", decía así:
"Reinando la Majestad Católica de Carlos II Rey de las Españas, y siendo Goberbador y Capitán General de esta ciudad e Ysla de Cuba D. Diego Antonio de Viana Hinojosa, Caballero del Orden de Santiago, veinte y cuatro perpetuo de la ciudad de Grabada, y General de la artillería del reinado de Sevilla, se acabó esta puerta con su puente levadizo, y su media luna..Año 1668."
J.B.N.