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n definitiva, el perfil de Felipe III es el de un rey mediocre, con escasa personalidad, que nunca estuvo a la altura de las exigencias mesiánicas en que se desarrolló el reinado de su padre, que sería su primer crítico con aquellas supuestas palabras que se le atribuyen: “Dios que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de regirlos”. Pero los reproches que hoy le hacen los historiadores no incid
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en en la ausencia de carisma de un rey normal. La sociedad española de 1598 estaba tan saturada de anormalidad y de excesos carismáticos, que las acusaciones se dirigen hacia la dejación de funciones y la total alienación respecto a un personaje como el duque de Lerma, que sobrevivió al Rey en cuatro años y se permitió despreciar altivamente a la justicia, que le amenazaba tras su caída política, con la siguiente frase: “Más temo yo a mis años que a mis enemigos”.
Triste la disyuntiva en que se encontró la sociedad española de 1598. Tras los delirios políticos tremendistas y la espesa metafísica de un rey obsesionado por el poder, la frivolidad banalizadora y la ausencia de proyecto político de un rey obsesionado por el ocio... ¿Qué son preferibles, los excesos de compromisos fuera de la realidad de Felipe II o la ramplonería plana de Felipe III? La opción ciertamente era penosa, pero la alternativa de futuro (Felipe IV) aún fue peor.
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